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(RV).- El Papa Francisco celebró éste Domingo, 10 de Septiembre previo a su regreso a Roma mañana lunes, la última misa de éste vigésimo viaje apostólico de su Pontificado que le ha llevado a las ciudades de Bogotá, Villavicencio, Medellín y hoy a Cartagena de Indias.
En su homilía el Papa subrayó que “Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que “gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad».
Haciendo una breve mención sobre el cuarto sermón del Evangelio de Mateo, y el que le precede, el del pastor bueno que deja las 99 ovejas para ir tras la perdida, el Santo Padre hizo hincapié en que: “no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón”. Y desde éstas palabras quizo fortalecer su reflexión recordando que: “en estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. …, pero que sin embargo han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos”.
Ante tanta rotura social y personal el Santo Padre señaló que: “Jesús encuentra la solución al daño realizado en el encuentro personal entre las partes. «El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente …Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural».
Tomando como reflexión el Evangelio de este Domingo señaló que: “Jesús nos señala que este camino de reinserción en la comunidad comienza con un diálogo de a dos. Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes”; “A nosotros se nos exige generar «desde abajo» un cambio cultural que responda con la cultura de la vida, del encuentro”.
El Papa subrayó una reflexión escrita por Gabriel García Márquez, en su texto “Mensaje sobre la paz” del año 1998, poniendo el acento sobre las siguientes palabras: “es necesaria una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación»”.
Ante la cultura de la indiferencia dominante el Papa citó a San Pedro Claver y a tantos otros que junto a él iniciaron “un proceso de confrontación” ante la indifencia “una corriente cultural del encuentro”. San Pedro Claver supo “restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de negros y de esclavos, …, tuvo el «genio» de vivir cabalmente el Evangelio, de encontrarse con quienes otros consideraban sólo un deshecho”. “Huella seguida la de este misionero y apóstol por santa María Bernarda Bütler”.
“También Jesús nos señala la posibilidad de que el otro se cierre, se niegue a cambiar, persista en su mal. No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad,…, e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo. También para esto debemos estar preparados, y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella. A este respecto, recordamos a todos aquellos que, con valentía y de forma incansable, han trabajado y hasta han perdido la vida en la defensa y protección de los derechos de la persona humana y su dignidad”.
Finalizó el Papa su homilía recordando que: “Jesús nos pide que recemos juntos; que nuestra oración sea sinfónica, con matices personales, distintas acentuaciones, pero que alce de modo conjunto un mismo clamor. «Dar el primer paso» es, sobre todo, salir al encuentro de los demás con Cristo, el Señor. Y Él nos pide siempre dar un paso decidido y seguro hacia los hermanos, renunciando a la pretensión de ser perdonados sin perdonar, de ser amados sin amar”. (Juan Carlos Velarde Gonzalez para Radio Vaticana).
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