jueves, 2 de junio de 2016

«Cómo nos cuesta perdonar», nuestros oyentes hablan sobre la reconciliación en sus vidas

«TU COMENTARIO AYUDA, Tu opinión cuenta»

(RV).-  «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18:21-22). El Evangelio de San Mateo nos presenta este momento en el que el Apóstol Pedro le pregunta a su Maestro cuántas veces debe perdonar a su prójimo, es decir; a todo aquel que aún siendo cercano a él, lo ha ofendido.

La respuesta de Jesús es clara: "setenta veces siete", donde el número siete adquiere una simbología especial al igual que en varios pasajes de la Biblia, es considerado un número perfecto y divino que en este contexto indica que debemos perdonar siempre sin límites, tal y como nos perdona Dios en la infinita perfección de su misericordia. 

Hablar de misericordia es también hablar de reconciliación, de la capacidad de perdonar y de aprender a pedir perdón. Reconocer que todos somos pecadores, y que al igual que Dios perdona nuestras ofensas también nosotros estamos llamados a perdonar a quienes nos ofenden.

En este espacio de interactividad de Radio Vaticana, profundizamos hoy sobre uno de los aspectos más importantes de la misericordia: la reconciliación, recordando las palabras del Papa Francisco en su catequesis del 30 de abril de 2016: «Dios nunca nos deja de ofrecer su perdón; no son nuestros pecados los que nos alejan del Señor, sino que somos nosotros pecando, quienes nos alejamos de él. Al pecar "le damos la espalda" y crece así la distancia entre él y nosotros. Jesús, como Buen Pastor no se alegra hasta que no encuentra a la oveja perdida. Él reconstruye el puente que nos reconduce al Padre y nos permite reencontrar la dignidad de hijos.

 Pero como dice el Santo Padre, la reconciliación brota en aquellos corazones que buscan la misericordia del Padre porque saben reconocerse pecadores. Sobre ello reflexionamos junto a nuestros seguidores en Facebook y en Twitter, quienes nos envían los siguientes comentarios:

Pedro Vázquez de Osorio escribe desde España: «Cuando la relación entre un padre y un hijo se enfría, se rompe; este distanciamiento sólo puede ser revertido por la reconciliación. Ser reconciliado es ser restaurado en la amistad y en la armonía. Lo mismo ocurre cuando nos alejamos de Dios, algo se rompe en nuestro espíritu pero él que es nuestro Padre eternamente bueno y misericordioso, sale a buscarnos, nos ofrece la fuerza sanadora del perdón». 

  «Cómo nos cuesta perdonar, cómo nos cuesta reconciliarnos con aquellos que nos hacen daño. Nos cuesta pasar por alto las ofensas del otro porque es más fácil mirar los pecados del prójimo que reconocer los que escondemos en nuestro corazón. Pero Dios, que sabe de esta debilidad nuestra, nos muestra el camino que tenemos que seguir a través de su ejemplo de misericordia», comenta nuestra oyente Luisa Gutiérrez  desde Antofagasta en Chile.

 «Para vivir la gracia de la reconciliación primero tenemos  que aceptar nuestras miserias, reconocer que sin Dios en nuestras vidas no somos nada», dice nuestra seguidora Isabel del Río Pérez desde Guatemala. «A la humanidad le falta humildad. La soberbia del hombre, el creer que podía vivir alejado de Dios, es lo que destruyó en un principio nuestra relación con él. Pero Dios, restauró esa ruptura enviándonos a Jesús quien por su amor al Padre y a todos nosotros, pagó el precio de nuestros pecados».

Martín Rivero de Guadalajara, México comparte: «Con los años se nos va endureciendo el corazón. Marcados por nuestros pecados y alejados del sacramento de la reconciliación, nuestro espíritu se enfría. Ya no pedimos perdón por nada y mucho menos perdonamos al otro. Cuando un hermano, un amigo, un compañero de trabajo o un jefe nos ofende, nuestro corazón se llena de rencor  y respondemos con enfados, soberbias, insultos y altanería. Pero deberíamos pararnos un segundo a pensar en cuántas veces al día ofendemos nosotros a Dios con nuestros actos y en qué distinta es su respuesta  hacia nosotros: él siempre es bueno y misericordioso. Nunca nos cierra la puerta».

La reconciliación es «la puerta» por donde dejamos que la gracia del perdón renueve nuestros corazones. La humanidad entera necesita del perdón para poder avanzar en la construcción de un futuro mejor. Todo cristiano, así como todo hombre y mujer de buena voluntad está llamado a perdonar las ofensas de los demás, teniendo siempre presente que también uno mismo necesita ser perdonado por todos aquellos a los que ofende diariamente. Cuando nos reconciliamos, con Dios, con los demás e incluso con nosotros mismos, limpiamos nuestro corazón herido y nos renovamos interiormente.

Decía San Pablo en un fragmento de la Segunda Carta a los Corintios: «Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación». 2 Cor  5:18-19.

Concluimos con estas palabras del Santo Padre en el marco de este Año Jubilar de la Misericordia: «Que este tiempo sea favorable para descubrir la necesidad de la ternura y cercanía del Padre y retornar a Él con todo el corazón. Invito a todos a que en cada uno de los diversos ambientes en los que se mueven, sean instrumentos de reconciliación y sembradores de paz; y continúen por el camino de la fe abriendo el corazón a Dios Padre misericordioso que no se cansa nunca de perdonar. Ante los retos de cada día, hagan resplandecer la esperanza cristiana, que es certeza de la victoria de amor ante el odio y de la paz ante la guerra». 

 Los invitamos a que sigan escribiéndonos en nuestra página de Facebook Radio Vaticana en Español y en nuestra cuenta de Twitter. También pueden visitar nuestro perfil en Pinterest, la Red Social para convertir imágenes.

 


Jubileo de los sacerdotes: Segunda meditación del Papa

El receptáculo de la misericordia es nuestro pecado

(RV).- “El receptáculo de la Misericordia es nuestro pecado. Pero suele suceder que nuestro pecado es como un colador, como un cántaro agujereado por el que se escurre la gracia en poco tiempo”. Lo afirmó el Santo Padre Francisco en su segunda meditación del Retiro Espiritual dirigido a los seminaristas y presbíteros de todo el mundo en el ámbito del Jubileo de los Sacerdotes y en vísperas de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de Santificación Sacerdotal.

En efecto, el primer jueves de junio a mediodía, el Obispo de Roma ofreció su segunda meditación en la Basílica romana de Santa María la Mayor sobre “el receptáculo de la Misericordia”. El Papa habló de los corazones “recreados”, de nuestros santos que recibieron la Misericordia y de María como “recipiente y fuente” de Misericordia. De ahí su invitación a ser “con María signo y sacramento de la Misericordia de Dios”.

Francisco recordó a los participantes algunos “modos” de mirar que tiene Nuestra Señora, especialmente a sus sacerdotes, “porque a través de nosotros – dijo el Papa – quiere mirar a su gente”.

Y destacó que “María nos mira de modo tal que uno se siente acogido en su regazo”. De manera que “Ella nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios”.

Otro modo de mirar de María – prosiguió explicando el Pontífice – tiene que ver con el tejido, puesto que la Madre de Dios mira “tejiendo”, viendo cómo puede combinar para el bien todas las cosas que le trae su gente. Y recordó que a los obispos mexicanos les había dicho precisamente que “en el manto del alma mexicana, Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la Morenita”.

El tercer modo de mirar de la Virgen – añadió el Santo Padre – es el de la atención. En efecto, “María mira con atención, se vuelca toda y se involucra entera con el que tiene delante, como una madre cuando es todo ojos para su hijito que le cuenta algo”. De donde se deduce la necesidad de “aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios”.

Por último – dijo el Papa Francisco – María mira de modo “íntegro”, uniendo todo, nuestro pasado, presente y futuro. “No tiene una mirada fragmentada: la misericordia sabe ver la totalidad y capta lo más necesario”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto y audio de la segunda Meditación del Papa Francisco durante el Retiro Espiritual en el ámbito del Jubileo de los Sacerdotes:

 

El receptáculo de la Misericordia

El receptáculo de la misericordia es nuestro pecado. Pero suele suceder que nuestro pecado es como un colador, como un cántaro agujereado por el que se escurre la gracia en poco tiempo: «Porque dos males ha hecho mi pueblo: me ha abandonado a mí, fuente de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jr 2,13). De ahí la necesidad que el Señor explicita a Pedro de «perdonar setenta veces siete». Dios no se cansa de perdonar, aunque vea que su gracia pareciera que no termina de echar raíces fuertes en la tierra de nuestro corazón, que es camino duro, lleno de maleza y pedregoso. Él vuelve a sembrar su misericordia y su perdón.

Corazones recreados

Sin embargo, podemos dar un paso más en esta misericordia de Dios que es siempre «más grande que nuestra conciencia» de pecado. El Señor no sólo no se cansa de perdonarnos sino que renueva también el odre en que recibimos su perdón. Utiliza un odre nuevo para el vino nuevo de su misericordia, para que no sea como un vestido con remiendos ni un odre viejo. Y ese odre es su misericordia misma: su misericordia en cuanto experimentada en nosotros mismos y en cuanto la ponemos en práctica ayudando a otros. El corazón misericordiado no es un corazón emparchado sino un corazón nuevo, re-creado. Ese del que dice David: «Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50,12). Este corazón nuevo, re-creado, es un buen recipiente. La liturgia expresa el alma de la Iglesia cuando nos hace decir esa hermosa oración: «Oh Dios, tú que maravillosamente creaste el universo, y más maravillosamente lo recreaste en la redención» (Vigilia Pascual, Oración después de la Primera Lectura). Por lo tanto, esta segunda creación es más maravillosa que la primera. Es un corazón que se sabe recreado gracias a la fusión de su miseria con el perdón de Dios y, por eso, «es un corazón misericordiado y misericordioso». Es así: experimenta los beneficios que la gracia tiene sobre su herida y su pecado, siente cómo la misericordia pacifica su culpa, inunda con amor su sequedad, reaviva su esperanza. Por eso, cuando, al mismo tiempo y con la misma gracia, perdona al que tiene alguna deuda con él y se compadece de los que también son pecadores, esta misericordia arraiga en una tierra buena, en la que el agua no se escurre sino que da vida. En el ejercicio de esta misericordia que repara el mal ajeno, nadie mejor que el que tiene fresca la sensación de haber sido misericordiado en el mismo mal para ayudar a curarlo. Vemos cómo, entre los que trabajan en adicciones, los que se han rescatado suelen ser los que mejor comprenden, ayudan y exigen a los demás. Y el mejor confesor suele ser el que mejor se confiesa. Casi todos los grandes santos han sido grandes pecadores o, como santa Teresita, tenían conciencia de que era pura gracia preveniente el hecho de que no lo hubieran sido.

Así, el verdadero recipiente de la misericordia es la misma misericordia que cada uno ha recibido y le ha recreado el corazón; ese es el «odre nuevo» del que habla Jesús (cf. Lc 5,37), el «hueco sanado».

Nos situamos así en al ámbito del misterio del Hijo, de Jesús, que es la misericordia del Padre hecha carne. La imagen definitiva del receptáculo de la misericordia la encontramos a través de las llagas del Señor resucitado, imagen de la huella del pecado restaurado por Dios, que no se borra totalmente ni supura: es cicatriz, no herida purulenta. En esa «sensibilidad» propia de las cicatrices, que nos recuerdan la herida sin doler mucho y la curación sin que se nos olvide la fragilidad, allí tiene su sede la misericordia divina. En la sensibilidad de Cristo resucitado que conserva sus llagas, no sólo en sus pies y en sus manos, sino que también su corazón es un corazón llagado, encontramos el sentido justo del pecado y de la gracia. Contemplando el corazón llagado del Señor nos espejamos en él. Se asemejan, nuestro corazón y el suyo, en que los dos están llagados y resucitados. Pero sabemos que el suyo era puro amor y quedó llagado porque aceptó ser vulnerado; el nuestro, en cambio, era pura llaga, que quedó sanada porque aceptó ser amada.

Nuestros santos recibieron la Misericordia

Puede hacernos bien contemplar a otros que se dejaron recrear el corazón por la misericordia y mirar en qué «receptáculo» la recibieron.

Pablo la recibe en el receptáculo duro e inflexible de su juicio moldeado por la Ley. Su dureza de juicio lo impulsaba a ser un perseguidor. La misericordia lo transforma de tal manera que, a la vez que se convierte en un buscador de los más alejados, de los de mentalidad pagana, por otro lado es el más comprensivo y misericordioso para con los que eran como él había sido. Pablo deseaba ser considerado anatema con tal de salvar a los suyos. Su juicio se consolida «no juzgándose ni siquiera a sí mismo», dejándose justificar por un Dios que es  más grande que su conciencia, apelándose a Jesucristo que es abogado fiel, de cuyo amor nada ni nadie lo puede separar. La radicalidad de los juicios de Pablo sobre la misericordia incondicional de Dios, que supera la herida de fondo, la que hace que tengamos dos leyes, (la de la carne y la del Espíritu), es tal porque es el recipiente de una mente susceptible a lo absoluto de la verdad, herida allí mismo donde la Ley y la Luz se convierten en trampa. La famosa «espina» que el Señor no le quita es el receptáculo en el que Pablo recibe la misericordia del Señor (cf. 2 Co 12,7).

Pedro recibe la misericordia en su presunción de hombre sensato. Era sensato, con la sensatez maciza y trabajada de un pescador, que sabe por experiencia cuándo se puede pescar y cuándo no. Es la sensatez del que, cuando se entusiasma con esto de caminar sobre las aguas y de tener pescas milagrosas y se excede en mirarse a sí mismo, sabe pedir ayuda al único que lo puede salvar. Este Pedro fue sanado en la herida más honda que puede haber, la de negar al amigo. Quizás el reproche de Pablo, cuando le echa en cara su doblez, tiene que ver con esto. Parecería que Pablo sentía que él había sido el peor «antes» de conocer a Cristo; pero Pedro lo fue después de conocerlo, lo negó… Sin embargo, ser sanado allí convirtió a Pedro en un Pastor misericordioso, en una piedra sólida sobre la cual siempre se puede edificar, porque es piedra débil que ha sido sanada, no piedra que en su contundencia lleva a tropezar al más débil. Pedro es el discípulo a quien más corrige el Señor en el Evangelio. Lo corrige constantemente, hasta aquel último: «A ti qué te importa, tú sígueme a mí» (Jn 21,22). La tradición dice que se le aparece de nuevo cuando Pedro está huyendo de Roma. El signo de Pedro crucificado cabeza abajo, es quizás el más elocuente de este receptáculo de una cabeza dura que, para ser misericordiada, se pone hacia abajo incluso al estar dando el testimonio supremo de amor a su Señor.

Pedro no quiere terminar su vida diciendo: «Yo ya aprendí la lección», sino diciendo: «Como mi cabeza nunca va a aprender, la pongo para abajo». Arriba del todo, los pies que lavó el Señor. Esos pies son para Pedro el receptáculo por donde recibe la misericordia de su Amigo y Señor.

Juan será sanado en su soberbia de querer reparar el mal con fuego y terminará siendo ese que escribe «hijitos míos», y se parece a uno de esos abuelitos buenos que sólo hablan de amor, él, que era «el hijo del trueno» (Mc 3,17).

Agustín fue sanado en su nostalgia de haber llegado tarde a la cita: «Tarde te amé», y encontrará esa manera creativa de llenar de amor el tiempo perdido escribiendo sus Confesiones.

Francisco es misericordiado cada vez más en muchos momentos de su vida. Quizás el receptáculo definitivo, que se convirtió en llagas reales, haya sido, más que besar al leproso, desposarse con la dama pobreza y sentir a toda creatura como hermana, el tener que custodiar en silencio misericordioso a la Orden que había fundado. Francisco ve cómo sus hermanos se dividen tomando como bandera la misma pobreza. El demonio nos hace pelear entre nosotros defendiendo las cosas más santas pero «con mal espíritu».

Ignacio fue sanado en su vanidad, y si ese fue el recipiente, podemos vislumbrar lo grande que era ese deseo de vanagloria que se recreó en una tal búsqueda de la mayor gloria de Dios.

En el Diario de un cura rural, Bernanos nos relata la vida de un cura de pueblo, inspirándose en la vida del Santo Cura de Ars. Hay dos párrafos muy hermosos que narran los pensamientos íntimos del cura en los últimos momentos de su imprevista enfermedad: «Las últimas semanas que Dios me conceda seguir sosteniendo la carga de la parroquia… trataré de obrar menos preocupado por el porvenir, trabajaré tan sólo para el presente. Esa especie de trabajo parece hecha a mi medida… Pues no tengo éxito más que en las cosas pequeñas. Y si he sido frecuentemente probado por la inquietud, tengo que reconocer que triunfo en las minúsculas alegrías». Un recipiente de la misericordia pequeñito tiene que ver con las minúsculas alegrías de nuestra vida pastoral, allí donde podemos recibir y ejercer la misericordia infinita del Padre en gestos pequeños.

El otro párrafo dice: «Todo ha terminado ya. La especie de desconfianza que tenía de mí, de mi persona, acaba de disiparse, creo que para siempre. La lucha ha terminado. No la comprendo ya. Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo». Este es el recipiente «amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo». Es un recipiente común, como un jarro viejo que podemos pedir prestado a los más pobres.

El «Cura Brochero», el beato argentino que pronto será canonizado, «se dejó trabajar el corazón por la misericordia de Dios». Su receptáculo terminó siendo su propio cuerpo leproso. Él, que soñaba con morir galopando, vadeando algún río de las sierras para ir a dar la unción a algún enfermo. Una de sus últimas frases fue: «No hay gloria cumplida en esta vida»; «yo estoy muy conforme con lo que ha hecho conmigo respecto a la vista y le doy muchas gracias por ello. Cuando yo pude servir a la humanidad, me conservó íntegros y robustos mis sentidos. Hoy, que ya no puedo, me ha inutilizado uno de los sentidos del cuerpo. En este mundo no hay gloria cumplida, y estamos llenos de miserias».

Nuestras cosas muchas veces quedan a medias y, por eso, salir de sí es siempre gracia. Se nos concede «dejar las cosas» para que las bendiga y perfeccione el Señor. No tenemos que preocuparnos mucho de nosotros. Esto nos permite abrirnos a las penas y alegrías de nuestros hermanos. Era el cardenal Van Thuan el que decía que, en la cárcel, el Señor le había enseñado a distinguir entre «las cosas de Dios», a las que se había dedicado en su vida libre como sacerdote y obispo, y Dios mismo, al que se dedicaba estando encarcelado (cf. Cinco panes y dos peces, Ciudad Nueva 2000).

María como recipiente y fuente de Misericordia

Subiendo por la escalera de los santos, en esto de ir buscando los recipientes para la misericordia, llegamos a nuestra Señora. Ella es el recipiente simple y perfecto, con el cual recibir y repartir la misericordia. Su «sí» libre a la gracia es la imagen opuesta del pecado que llevó al hijo pródigo a la nada. Ella integra una misericordia a la vez muy suya, muy de nuestra alma y muy eclesial. Como dice en el Magníficat: se sabe mirada con bondad en su pequeñez y sabe ver cómo la misericordia de Dios alcanza a todas las generaciones. Ella sabe ver las obras que esa misericordia despliega y se siente «acogida»,  junto con todo Israel, por esa misericordia. Ella guarda la memoria y la promesa de la misericordia infinita de Dios para con su pueblo. El suyo es el Magníficat de un corazón íntegro, no agujereado, que mira la historia y a cada persona con su misericordia maternal.

En aquel rato a solas con María que me regaló el pueblo mexicano, mirando a nuestra Señora la Virgen de Guadalupe y dejándome mirar por ella, le pedí por ustedes, queridos sacerdotes, para que sean buenos curas. Y en el discurso a los obispos les decía que había reflexionado largamente sobre el misterio de la mirada de María, sobre su ternura y su dulzura que nos infunde valor para dejarnos misericordiar por Dios. Quisiera ahora recordarles algunos «modos» de mirar que tiene nuestra Señora, especialmente a sus sacerdotes, porque a través de nosotros quiere mirar a su gente.

María nos mira de modo tal que uno se siente acogido en su regazo. Ella nos enseña que «la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena, no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016). Lo que sus pueblos buscan en los ojos de María es «un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar». Y eso tiene que ver con sus modos de mirar: el espacio que abren sus ojos es el de un regazo, no el de un tribunal o el de un consultorio «profesional». Si alguna vez notan que se les ha endurecido la mirada, que cuando ven a la gente sienten fastidio o no sienten nada, vuelvan a mirarla a ella; mírenla con los ojos de los más pequeños de su gente, que mendiga un regazo, y ella les limpiará la mirada de toda «catarata» que no deja ver a Cristo en las almas, les curará toda miopía que vuelve borrosas las necesidades de la gente, que son las del Señor encarnado, y de toda presbicia que se pierde los detalles, «la letra chica» donde se juegan las realidades importantes de la vida de la Iglesia y de la familia.

Otro «modo de mirar de María» tiene que ver con el tejido: María mira «tejiendo», viendo cómo puede combinar para bien todas las cosas que le trae su gente. Les decía a los obispos mexicanos que, «en el manto del alma mexicana, Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la Morenita» (ibíd.) Un maestro espiritual enseña que lo que se dice de María de manera especial, se dice de la Iglesia de modo universal y de cada alma en particular (cf. Isaac de la Estrella, Sermón 51: PL 194, 1863). Al ver cómo tejió Dios el rostro y la figura de la Guadalupana en la tilma de Juan Diego podemos rezar contemplando cómo teje nuestra alma y la vida de la Iglesia. Dicen que no se puede ver cómo está «pintada» la imagen. Es como si estuviera estampada.

Me gusta pensar que el milagro no fue sólo «estampar o pintar la imagen con un pincel», sino que «se recreó el manto entero», se transfiguró de pies a cabeza, y cada hilo – esos que las mujeres aprenden a tejer desde pequeñas, y para las prendas más finas usan las fibras del corazón del maguey (la penca de la que se sacan los hilos) –, cada hilo que ocupó su lugar fue transfigurado, asumiendo los detalles que brillan en su sitio y, entretejido con los demás, de igual manera transfigurados, hacen aparecer el rostro de nuestra Señora y toda su persona y lo que la rodea. La misericordia hace eso mismo, no nos «pinta» desde fuera una cara de buenos, no nos hace el photoshop, sino que, con los hilos mismos de nuestras miserias y pecados, entretejidos con amor de Padre, nos teje de tal manera que nuestra alma se renueva recuperando su verdadera imagen, la de Jesús. Sean, por tanto, sacerdotes «capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016).

El tercer modo es el de la atención: María mira con atención, se vuelca toda y se involucra entera con el que tiene delante, como una madre cuando es todo ojos para su hijito que le cuenta algo. «Como enseña la bella tradición guadalupana, la Morenita custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos. Sólo una Iglesia capaz de resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan, y dicho encuentro se realiza precisamente en nuestro corazón de pastores» (ibíd.). A sus obispos les decía que estén atentos a ustedes, sus sacerdotes, «que no los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón» (ibíd.). El mundo nos observa con atención pero para «devorarnos», para volvernos consumidores… Todos necesitamos ser mirados con atención, con interés gratuito, digamos.

«Ustedes estén atentos – les decía a los obispos – y aprendan a leer las miradas de sus sacerdotes, para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto “han hecho y enseñado” (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque “han negado al Señor” (cf. Lc 22,61-62), y también para sostener […], en comunión con Cristo, cuando alguno, abatido, saldrá con Judas “en la noche” (cf. Jn 13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas» (ibíd.)

Por último, María mira de modo «íntegro», uniendo todo, nuestro pasado, presente y futuro. No tiene una mirada fragmentada: la misericordia sabe ver la totalidad y capta lo más necesario. Como María en Caná, que es capaz de «compadecerse» anticipadamente de lo que acarreará la falta de vino en la fiesta de bodas y pide a Jesús que lo solucione, sin que nadie se dé cuenta, así toda nuestra vida sacerdotal la podemos ver como «anticipada por la misericordia» de María, que previendo nuestras carencias ha provisto todo lo que tenemos. Si algo de «vino bueno» hay en nuestra vida, no es por mérito nuestro sino por su «misericordia anticipada», esa que ya en el Magníficat canta cómo el Señor «miró con bondad su pequeñez» y «se acordó de su (alianza de) misericordia», una «misericordia que se extiende de generación en generación» sobre sus pobres y oprimidos (cf. Lc 1,46-55). La lectura que hace María es la de la historia como misericordia.

Podemos terminar rezando la Salve Regina en cuyas invocaciones late el espíritu del Magníficat. Ella es la Madre de la misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Sus ojos misericordiosos son los que consideramos el mejor recipiente de la misericordia, en el sentido de poder beber en ellos esa mirada indulgente y buena de la que tenemos sed como sólo se puede tener sed de una mirada. Esos ojos misericordiosos son también los que nos hacen ver las obras de la misericordia de Dios en la historia de los hombres y descubrir a Jesús en sus rostros. En ella encontramos la tierra prometida – el reino de la misericordia instaurado por nuestro Señor – que viene, ya en esta vida, después de cada destierro al que nos arroja el pecado. De su mano y bajo su mirada podemos cantar con alegría las grandezas del Señor.

Podemos decirle: Mi alma te canta, Señor, porque miraste con bondad la humildad y pequeñez de tu servidor. Feliz de mí, que he sido perdonado. Tu misericordia, la que practicaste con todos tus santos y con todo tu pueblo fiel, también me ha alcanzado a mí. He andado disperso, buscándome a mí mismo, por la soberbia de mi corazón, pero no he ocupado ningún trono, Señor, y mi única exaltación es que tu Madre me alce a su regazo, me cubra con su manto y me ponga junto a su corazón. Quiero ser amado por ti como uno más de los más humildes de tu pueblo, colmar con tu pan a los que tienen hambre de ti. Acuérdate, Señor, de tu alianza de misericordia con tus hijos, los sacerdotes de tu pueblo.

Que con María seamos signo y sacramento de tu misericordia.


La Conferencia Episcopal Española firma un acuerdo con la institución ‘Transparencia Internacional’

(RV).- La Conferencia Episcopal Española quiere funcionar de manera clara y transparente y para lograrlo ha firmado un acuerdo con Transparencia Internacional España, una asociación que propicia información a los ciudadanos sobre  las Instituciones Españolas. Con este acuerdo la Conferencia Episcopal se compromete a funcionar de manera más transparente dando cuenta pública de sus cuentas.

Muchas de las medidas ya están implantadas hace tiempo en la CEE: se da cuenta de lo recaudado por el IRPF, se cuenta a qué se destina, se someten a una auditoria externa todos los años, pero ahora además quieren impulsar el portal de transparencia en todas las diócesis y entidades religiosas y desarrollar en todas ellas manuales de buenas prácticas. El acuerdo lo firmaron José María Gil Tamayo, secretario general de la CEE,  quien afirmó que para convencer hay que ser claros y transparentes y Jesús Lizcano, presidente de Transparencia Internacional para quien esta firma es un hito en la organización social más importante de España. El acuerdo tiene dos años de vigencia durante los cuales “Transparencia” realizara controles periódicos y asesorará a la Conferencia Episcopal para cumplir los objetivos. Un camino ambicioso, en opinión de Fernando Giménez Barriocanal, vicesecretario para asuntos económicos de la CEE, un paso importante detrás del cual solo van a aparecer cosas buenas.

(Madrid. Pilar Pérez del Yerro para Radio Vaticano)


1° Meditación del Papa: “La misericordia nos hace pasar de la exclusión a la inclusión plena”

(RV).- “La gente más simple, los pecadores, los enfermos, los endemoniados, son exaltados inmediatamente por el Señor, que los hace pasar de la exclusión a la inclusión plena, de la distancia a la fiesta. Esta es la expresión: la misericordia nos hace pasar de la distancia a la fiesta”, lo dijo el Papa Francisco en la primera meditación del Retiro Espiritual dirigido a los seminaristas y presbíteros de todo el mundo que participan en el Jubileo de los Sacerdotes, sobre el tema: “El sacerdote como ministro de la misericordia”. Este evento jubilar inició el 1 de junio en Roma y concluirá el 3 de junio con la celebración Eucarística presidida por el Santo Padre en el día del 160° Aniversario de la institución de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en la Plaza de San Pedro.

En su primera meditación el Obispo de Roma recordó que “la misericordia es tanto el fruto de una ‘alianza’ como un ‘acto’ gratuito de benignidad y bondad que brota de nuestra psicología más profunda y se traduce en una obra externa”. Por ello, el Pontífice señaló que este acto se manifiesta en la actitud de “compadecerse del que sufre, conmoverse ante el necesitado, indignarse, que se revuelvan las tripas ante una injusticia patente y ponerse inmediatamente a hacer algo concreto, con respeto y ternura, para remediar la situación”.

Y, partiendo de este sentimiento visceral, el Sucesor de Pedro invitó a los sacerdotes a mirar a Dios desde la perspectiva de este atributo primero y último con el que Jesús lo ha querido revelar para nosotros, es decir que el nombre de Dios es Misericordia. “Nada une más con Dios que un acto de misericordia, agrego el Papa, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre”.

En este sentido, el Sucesor de Pedro propuso para la meditación la parábola del Padre misericordioso narrado en el Evangelio de San Lucas, (Cfr. Lc15,11-31). En esta parábola, afirmó el Papa, nos situamos en el ámbito del misterio del Padre. Y sin preámbulos, podemos pasar de la distancia a la fiesta, como en la parábola del Hijo Pródigo, y utilizar como receptáculo de la misericordia nuestro propio pecado. En este sentido invitó el Papa Francisco a los sacerdotes, “la misericordia nos impulsa a pasar de lo personal a lo comunitario”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)


miércoles, 1 de junio de 2016

De las dos maneras descriptas, solo una es verdadera oración

REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz

El fariseo en sus rezos se complace de sí mismo y desprecia a los demás, mientras que el publicano, con humildad ante Dios y arrepentido de sus pecados, mendiga la misericordia de Dios, como refiere el mismo Jesús en el Evangelio de Lucas, capítulo 18.

El Papa Francisco en su catequesis del 1 de junio de 2016 se preguntó: ¿Se puede orar con arrogancia?, ¿se puede orar con hipocresía? Y las dos preguntas afirmó que no. Y exhortó a preguntarse no cuánto rezamos sino “cómo rezamos, o mejor cómo es nuestro corazón para discernir los pensamientos y sentimientos, y eliminar toda arrogancia”.

El Obispo de Roma explicó que Jesús nos enseña la actitud correcta para invocar la misericordia del Padre y afirmó que por su actitud el publicano se convierte en imagen del verdadero creyente. “El publicano ora con humildad, arrepentido de sus pecados, mendiga la misericordia de Dios. Nos recuerda la condición necesaria para recibir el perdón del Señor y se convierte en imagen del verdadero creyente. La oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la oración humilde obtiene su misericordia”.


La plaza de San Pedro rebosa de alegría cuando el Papa saludo a los fieles

(RV).- México, España, Brasil, Argentina, Venezuela… cuando uno está en la plaza de San Pedro de Roma percibe de primera mano la universalidad de la Iglesia. Diferentes culturas, diferentes razas, diferentes costumbres, pero todos unidos por una misma fe.

Eduardo Meneses llegó con su familia desde Canadá, aunque son de origen nicaragüense, “ha sido todo providencial, llegamos sin saber a qué hora empezaba la audiencia y de casualidad conocimos a una mujer que nos ayudó a sentarnos en un sitio muy cerca del Papa, es increíble, estamos muy emocionados”.  

También el diácono Hernán Machado, de Venezuela, explica cómo ha sido su experiencia durante el Jubileo de los Diáconos que se celebró hace unos días en Roma. “He aprendido mucho durante estos días aquí, sobre todo he visto lo diferente que somos todos, pero todo lo que nos une teniendo un mismo credo”.  

(MZ-RV)


“Queremos Ser Nación. Necesitamos ponernos la Patria al Hombro”: lema de la Semana Social 2016 en Argentina

(RV).- “Con el lema “Queremos Ser Nación. Necesitamos ponernos la Patria al Hombro” ha finalizado en la Ciudad de Mar del Plata la Semana Social, organizada en forma conjunta por el Obispado local y la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Nuestra intención ha sido promover un espacio de diálogo para crecer en la amistad social”. Así comienza el Mensaje Final de la Semana Social 2016 que tuvo lugar en Argentina del 20 al 22 de mayo pasado.

“Erradicar la pobreza y la exclusión social y alentar, desde la cultura del encuentro, el paso de habitantes a ciudadanos” ha sido el objetivo general del encuentro, organizado en el marco del Bicentenario de la declaración de la Independencia argentina, que se cumple el 9 de julio próximo.

Sobre el encuentro, habló con Radio Vaticano Mons. Jorge Lozano, Obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social (CEPAS), quien nos ilustró los trabajos realizados en el ‘Año de la Misericordia’ y el porqué del lema elegido.Escuchemos.

(María Cecilia Mutual-RV)