miércoles, 29 de junio de 2016

Gracias Benedicto XVI por tus 65 años sirviendo a Cristo y a la Iglesia

«TU COMENTARIO AYUDA, Tu opinión cuenta»

«Crea en mí Señor un corazón puro (Salm 50). Hemos invocado en el Salmo responsorial. Esta exclamación, nos ayuda asimismo a mirar muy dentro del corazón humano especialmente en los momentos de dolor como los que atraviesa en la actualidad el pueblo mexicano y también otros de Latinoamérica. El anhelo de un corazón puro, sincero, humilde, aceptable a Dios; era muy sentido ya por Israel a medida que tomaba conciencia de la persistencia del mal y del pecado en su seno como un poder practicamente implacable e imposible de superar. Quedaba sólo confiar en la misericordia de Dios Omnipotente».

En el marco del 65º aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Emérito Benedicto XVI, recordamos estas emocionantes y profundas palabras que pronunció durante su homilía en la Misa que celebró en el Parque Guanajuato Bicentenario, ante más de 300 mil personas durante su Viaje Apostólico a México. Fue el 29 de junio de 1951 en la catedral de Frísinga, en Alemania, cuando el joven Joseph Ratzinger dio el sí a la llamada a la vocación sacerdotal iniciando toda una vida de entrega al servicio de Dios, de la Iglesia y del pueblo. Hoy la audiencia de Radio Vaticana ha querido mandar su mensaje de felicitación a Benedicto XVI y agradecerle su labor pastoral durante tantos años. Escuchemos:

«Quisiera felicitar a Benedicto por todos sus logros en su carrera sacerdotal y agradecerle por la formación cristiana que nos ha dado, formadora y educadora de tantos sueños y proyectos para cada individuo y también para la humanidad entera, en una misión y una visión en conjunto. Gracias», dice uno de nuestros oyentes desde Argentina.

«Feliz 65º aniversario de su ordenación sacerdotal. Dios lo bendiga, la Virgen lo acompañe y lo proteja», desea María Dolores Nicolás, desde Murcia. 

«Gracias por tu Sí al Señor. Gracias por tu sabiduría plasmada en tus libros. Gracias por "tu philia" y por "tu ágape". Gracias a Dios por permitirnos conocerte. Dios te dé la Paz», dice Diana Marroquí, desde Monterey Nuevo León, México.

«Queremos felicitar a nuestro querido Papa Emérito, Benedicto XVI. Es el maestro que me ha ayudado a profundizar en el amor de Jesucristo con sus libros, encíclicas, homilías y sus catequesis y que han cambiado mi vida; mi forma de ser en humildad y en no juzgar. Gracias por estar ahí, rezo con mi familia por ti todos los días. Que Dios te bendiga y te siga dando la gracia», dice nuestro oyente Jesús Lucas de Chipiona, Cádiz, España.

Agradecemos todos los mensajes, saludos y muestras de cariño que hemos recibido en nuestros perfiles de Facebook y de Twitter, felicitando a Benedicto por los prósperos frutos que ha regalado a la Iglesia y a los fieles católicos, a través de su obra sacerdotal, y por la gracia de Dios.

Recordamos finalmente este fragmento de la homilía Santo Padre Emérito, explicada en nuestro idioma, en la que el que nos anima a no perder jamás la fe en Dios, a pesar de que nos parezca que todo está perdido; pues él siempre cumple sus promesas: «Quedaba sólo la esperanza de que él cambiara desde dentro, desde el corazón, una situación insoportable, oscura y sin futuro así fue abriéndose paso el recurso a la misericordia infinita del señor, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, un corazón puro, un corazón nuevo, es el que se reconoce impotente por sí mismo y se pone en mano de Dios para seguir esperando en sus promesas».

Felicitamos de corazón a nuestro Papa Emérito Benedicto XVI de parte de todo el equipo de Radio Vaticana en español. Gracias por su compromiso vocacional.


Papa: La oración es una forma de salir de nuestros encierros

(RV).- “La Palabra de Dios de esta liturgia contiene un binomio central: cierre – apertura. A esta imagen podemos  unir el símbolo de las llaves, que Jesús promete a Simón Pedro para que pueda abrir la entrada al Reino de los cielos, y no cerrarlo para la gente, como hacían algunos escribas y fariseos hipócritas a los que Jesús reprende”. Con estas palabras el Papa Francisco comenzó su homilía de la Santa Misa celebrada con motivo de la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles y Patronos de Roma.  

El Pontífice destacó que la lectura de los Hechos de los Apóstoles presenta tres encierros: el de Pedro en la cárcel; el de la comunidad reunida en oración; y el de la casa de María, madre de Juan, llamado Marcos, donde Pedro va a llamar después de haber sido liberado.

En cuanto a los encierros, el Santo Padre afirmó que la oración se presenta como la principal vía de salida: salida de la comunidad, que corre el riesgo de encerrarse en sí misma debido a la persecución y al miedo; y salida para Pedro, que al comienzo de su misión es encarcelado por Herodes, y corre el riesgo de ser condenado a muerte.  “La oración – dijo el Papa textualmente – como humilde abandono en Dios y en su santa voluntad, es siempre una forma de salir de nuestros encierros personales y comunitarios”.

El Obispo de Roma también se refirió a la tentación que existe en la Iglesia de encerrarse en sí misma de cara a los peligros. Por esta razón reafirmó que “la oración permite a la gracia abrir una vía de salida: del cerramiento a la apertura, del miedo a la valentía, de la tristeza a la alegría”.

“Y podemos añadir – dijo el Pontífice – de la división a la unidad”, precisamente en esta ocasión, y junto a nuestros hermanos de la delegación enviada por el querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, para participar en la fiesta de los Santos Patronos de Roma. “Una fiesta de comunión para toda la Iglesia – afirmó el Papa al concluir –  como pone de manifiesto la presencia de los Arzobispos Metropolitanos venidos para la bendición de los Palios, que les serán impuestos por mis Representantes en sus respectivas sedes”. Y concluyó pidiendo que “los santos Pedro y Pablo intercedan por nosotros, para que podamos hacer este camino con alegría, experimentando la acción liberadora de Dios y testimoniarla a todos”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto y audio de la homilía del Santo Padre Francisco durante la misa celebrada con motivo de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo:

La Palabra de Dios de esta liturgia contiene un binomio central: cierre – apertura. A esta imagen podemos  unir el símbolo de las llaves, que Jesús promete a Simón Pedro para que pueda abrir la entrada al Reino de los cielos, y no cerrarlo para la gente, como hacían algunos escribas y fariseos hipócritas a los que Jesús reprende (cf. Mt 23, 13).

La lectura de los Hechos de los Apóstoles (12,1-11) nos presenta tres encierros: el de Pedro en la cárcel; el de la comunidad reunida en oración; y – en el contexto cercano de nuestro pasaje – el de la casa de María, madre de Juan, llamado Marcos, donde Pedro va a llamar después de haber sido liberado.

Con respecto a los encierros, la oración aparece como la principal vía de salida: salida de la comunidad, que corre el peligro de encerrarse en sí misma debido a la persecución y al miedo; salida para Pedro, que al comienzo de su misión que le había sido confiada por el Señor, es encarcelado por Herodes, y corre el riesgo de ser condenado a muerte. Mientras Pedro estaba en la cárcel, «la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Y el Señor responde a la oración y le envía a su ángel para liberarlo, «arrancándolo de la mano de Herodes» (cf. v. 11). La oración, como humilde abandono en Dios y en su santa voluntad, es siempre una forma de salir de nuestros encierros personales y comunitarios.

También Pablo, escribiendo a Timoteo, habla de su experiencia de liberación, la salida del peligro de ser, él también, condenado a muerte; en cambio, el Señor estuvo cerca de él y le dio fuerzas para que pudiera llevar a cabo su trabajo de evangelizar a los gentiles (cf. 2 Tm 4,17). Pero Pablo habla de una «apertura» mucho mayor, hacia un horizonte infinitamente más amplio: el de la vida eterna, que le espera después de haber terminado la «carrera» terrena. Es muy bello ver la vida del Apóstol toda «en salida» gracias al Evangelio: toda proyectada hacia adelante, primero para llevar a Cristo a cuantos no le conocen, y luego para saltar, por así decirlo, en sus brazos, y ser llevado por él que lo salvará llevándolo a su reino celestial» (cf. v. 18).

Volvamos a Pedro. El relato Evangélico (Mt 16,13-19) de su profesión de fe y la consiguiente misión confiada por Jesús nos muestra que la vida de Simón, pescador de Galilea ‒como la vida de cada uno de nosotros‒ se abre, florece plenamente cuando acoge de Dios la gracia de la fe.

Entonces, Simón se pone en el camino – un camino largo y duro – que le llevará a salir de sí mismo, de sus seguridades humanas, sobre todo de su orgullo mezclado con valentía y con generoso altruismo. En este su camino de liberación, es decisiva la oración de Jesús: «yo he pedido por ti (Simón), para que tu fe no se apague» (Lc 22,32). Es igualmente decisiva la mirada llena de compasión del Señor después de que Pedro le hubiera negado tres veces: una mirada que toca el corazón y disuelve las lágrimas de arrepentimiento (cf. Lc 22,61-62). Entonces Simón Pedro fue liberado de la prisión de su ego orgulloso y miedoso, y superó la tentación de cerrarse a la llamada de Jesús a seguirle por el camino de la cruz.

Como ya he dicho, en el contexto inmediato del pasaje de los Hechos de los Apóstoles, hay un detalle que nos puede hacer bien resaltar (cf. 12.12-17). Cuando Pedro se encuentra milagrosamente libre, fuera de la prisión de Herodes, va a la casa de la madre de Juan, llamado Marcos. Llama a la puerta, y desde dentro responde una sirvienta llamada Rode, la cual, reconociendo la voz de Pedro, en lugar de abrir la puerta, incrédula y llena de alegría corre a contárselo a su señora. El relato, que puede parecer cómico, nos hace percibir el clima de miedo en el que vivía la comunidad cristiana, que permanecía encerrada en la casa, y cerrada también a las sorpresas de Dios. Este particular nos habla de la tentación que existe siempre para la Iglesia: de cerrarse en sí misma de cara a los peligros. Pero incluso aquí hay un resquicio a través del cual puede pasar a la acción de Dios: dice Lucas que en aquella casa, «había muchos reunidos en oración» (v. 12). La oración permite a la gracia abrir una vía de salida: del cerramiento a la apertura, del miedo a la valentía, de la tristeza a la alegría. Y podemos añadir: de la división a la unidad. Sí, lo decimos hoy junto a nuestros hermanos de la delegación enviada por el querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, para participar en la fiesta de los Santos Patronos de Roma. Una fiesta de comunión para toda la Iglesia, como pone de manifiesto la presencia de los Arzobispos Metropolitanos venidos para la bendición de los Palios, que les serán impuestos por mis Representantes en sus respectivas sedes.

Que los santos Pedro y Pablo intercedan por nosotros, para que podamos hacer este camino con la alegría, experimentar la acción liberadora de Dios y testimoniarla a todos.


martes, 28 de junio de 2016

Benedicto XVI agradece a Papa Francisco: “Su bondad es el lugar donde yo vivo, me siento protegido”

(RV).- Benedicto XVI se mostró muy agradecido y emocionado después de escuchar las palabras que le dedicaron tanto Papa Francisco como el Cardenal Sodano y el Cardenal Müller durante la celebración del 65 aniversario de su ordenación sacerdotal celebrada este martes en el Vaticano.

El Papa Ratzinger recordó en su discurso el término griego que hace 65 le dijo un hermano que se ordenó con él: “Eucharistomen”, que significa gracias, pero no unas gracias normales, un gracias humano, un gracias a todos. Y así se lo dijo también al Santo Padre Francisco, “por su bondad desde el primer momento de la elección y en cada momento”. Un hecho que hace que se “conmueva”. Y en este sentido añadió que “más que en los Jardines Vaticanos con toda su belleza, su bondad es el lugar donde yo vivo: me siento protegido”, aseguró. Así mismo, demostró el deseo de que Francisco vaya “con todos nosotros hacia delante en esta vía de la Misericordia Divina, mostrando el camino de Jesús, hacia Jesús, hacia Dios”.

Papa Benedicto XVI volvió en su mensaje a la palabra “Eucharistomen” y explicó que el término lleva a una realidad de agradecimiento, a aquella nueva dimensión que Cristo ha dado. “Él ha transformado el agradecimiento  -y así en bendición- la cruz, el sufrimiento y todo el mal del mundo”. Al final, explicó el Papa emérito, queremos inserirnos en este “gracias” del Señor, y así recibir realmente la novedad de la vida y ayudar para la transustanciación del mundo: que no sea un mundo de muerte sino de vida: un mundo en el que el amor vence a la muerte”. 


El Papa Emérito sigue sirviendo a la Iglesia, dijo Francisco

(RV).- El último martes de junio, tuvo lugar a mediodía, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico del Vaticano, una ceremonia solemne con motivo del 65º aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Emérito Benedicto XVI.

En esta conmemoración, el Santo Padre Francisco comenzó recordando que “hoy festejamos la historia de una llamada que comenzó hace sesenta y cinco años con su ordenación sacerdotal en la Catedral de Frisinga el 29 de junio de 1951”.  

Y afirmó que con su presencia, el Papa Emérito testimonia de manera intensa y luminosa cuán decisivo es “tener la mirada y el corazón dirigido a Dios”, con lo cual “sigue sirviendo a la Iglesia” y no deja de contribuir con vigor y sabiduría a su crecimiento, desde el pequeño Monasterio Mater Ecclesiae de la Ciudad del Vaticano que es mucho más que uno de esos rincones olvidados en los cuales la cultura del descarte tiende hoy a relegar a las personas cuando, con la edad, sus fuerzas decaen. “Es todo lo contrario – dijo el Obispo de Roma – y esto ¡permite que lo diga con fuerza Su Sucesor que ha elegido llamarse Francisco!”.

Tras destacar que, como San Francisco en la Porciúncula, la Providencia ha querido que el Papa Emérito llegara a un lugar “propiamente franciscano”, el Papa Bergoglio destacó que de este sitio brota una tranquilidad, una paz, una fuerza, una confianza, una madurez, una fe, una entrega y una fidelidad que le hacen tanto bien y le dan fuerza al mismo Sucesor de Pedro y a toda la Iglesia.

De ahí el anhelo del Papa Francisco de que Benedicto XVI siga sintiendo la mano de Dios misericordioso que lo sostiene, que experimente y testimonie el amor de Dios y que, con Pedro y Pablo, siga exultando con gran alegría mientras camina hacia la meta de la fe.

En el curso de esta ceremonia en honor del Papa Emérito, también dirigieron su saludo agradecido los Cardenales Gerhard Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Angelo Sodano, Decano del Colegio Cardenalicio,

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto del saludo del Santo Padre Francisco al Papa Emérito Benedicto XVI:

Santidad, hoy festejamos la historia de una llamada que comenzó hace sesenta y cinco años con su ordenación sacerdotal en la Catedral de Frisinga el 29 de junio de 1951. ¿Pero cuál es la nota de fondo que recorre esta larga historia y que desde aquel primer inicio hasta hoy la domina cada vez más?

En una de las tantas bellas páginas que Usted dedica al sacerdocio, subraya que, en la hora de la llamada definitiva de Simón, Jesús, mirándolo, en el fondo le pregunta sólo una cosa: “¿Me amas?”.

¡Qué bello y verdadero es esto! Porque está aquí, Usted nos dice, es en aquel “me amas” que el Señor funda el apacentar, porque sólo si existe el amor por el Señor Él puede apacentar a través de nosotros: “Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo” (Jn 21, 15-19). Esta es la nota que domina una vida entera gastada en el servicio sacerdotal y de la verdadera teología que Usted, no casualmente, ha definido como “la búsqueda del amado”; es esto lo que Usted ha testimoniado siempre y testimonia aún hoy: que lo decisivo en nuestras jornadas  – con sol o con lluvia  –  sólo aquella con la que viene todo lo demás, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseemos, que interiormente estemos cerca de Él, que lo amemos, que verdaderamente creamos profundamente en Él y creyendo lo amemos verdaderamente. Es este amar lo que verdaderamente nos colma el corazón, este creer es lo que nos hace caminar seguros y tranquilos sobre las aguas, también en medio de la tempestad, precisamente como sucedió a Pedro; este amar y este creer es lo que nos permite mirar hacia el futuro no con miedo o nostalgia, sino con alegría, incluso en los años ya avanzados de nuestra vida.

Y así, precisamente viviendo y testimoniando hoy de modo tan intenso y luminoso esta única cosa verdaderamente decisiva – tener la mirada y el corazón dirigido a Dios – Usted, Santidad, sigue sirviendo a la Iglesia, no deja de contribuir verdaderamente con vigor y sabiduría a su crecimiento; y lo hace desde aquel pequeño Monasterio Mater Ecclesiae en el Vaticano que se revela de ese modo algo muy diferente que uno de aquellos rincones olvidados en los cuales la cultura del descarte de hoy tiende a relegar a las personas cuando, con la edad, sus fuerzas decaen. Es todo lo contrario; y esto ¡permite que lo diga con fuerza Su Sucesor que ha elegido llamarse Francisco!

Porque el camino espiritual de San Francisco comenzó en San Damián, pero el verdadero lugar amado, el corazón pulsante de la Orden – allí donde la fundó y donde, en fin, entregó su vida a Dios – fue la Porciúncula, la “pequeña porción”, el rinconcito ante la Madre de la Iglesia; cerca de María que, por su fe tan firme y por vivir enteramente del amor y en el amor con el Señor, todas las generaciones llamarán bienaventurada.

Del mismo modo, la Providencia ha querido que Usted, querido Hermano, llegara a un lugar por decirlo de alguna manera “propiamente franciscano”, del que brota una tranquilidad, una paz, una fuerza, una confianza, una madurez, una fe, una entrega y una fidelidad que me hacen tanto bien y me dan fuerza a mí, y a toda la Iglesia.

El anhelo con el que deseo concluir es, por tanto, un anhelo que dirijo a Usted, y junto a todos nosotros, a la Iglesia entera: ¡Que Usted, Santidad, siga sintiendo la mano de Dios misericordioso que lo sostiene, que experimente y testimonie el amor de Dios; que, con Pedro y Pablo, siga exultando con gran alegría mientras camina hacia la meta de la fe (Cfr. 1 Pt, 8-9, 2 Tim, 4)!


Hermanos en Cristo al servicio de la humanidad que sufre, alienta el Papa a Delegación del Patriarcado de Constantinopla

(RV).- Con gran alegría y aprecio, el Papa Francisco dio su cordial bienvenida a la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, en la víspera de la fiesta de los Santos Patronos de la Iglesia de Roma, los Apóstoles Pedro y Pablo.

El Obispo de Roma extendió asimismo su saludo y gratitud al Patriarca Ecuménico Bartolomé y al Santo Sínodo, por la visita, que un año más realizan estos «queridos hermanos en Cristo» y que se enmarca en el ya tradicional intercambio de visitas, entre la Iglesia de Roma y el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, en ocasión de las Fiestas de sus respectivos patronos.

Tras hacer hincapié en que este año la Iglesia católica vive el Jubileo extraordinario de la Misericordia, alentó una vez el camino ecuménico para proclamar juntos – como católicos y ortodoxos – «las maravillas de la misericordia de Dios al mundo entero». Recordando que «la misericordia misma nos libera del peso de un pasado marcado por conflictos y nos permite abrirnos al futuro, hacia el cual nos guía el Espíritu Santo».

Con profunda conmoción, el Papa Francisco recordó su viaje a la isla de Lesbos y el encuentro con el amado hermano Bartolomé y con el Arzobispo de Atenas y de toda Grecia, Jerónimo II, visitando juntos un campo de refugiados. Y reiteró la importancia de la colaboración entre católicos y ortodoxos, afianzados en Jesucristo, para aliviar el trágico sufrimiento de tantos inocentes:

«Ver la desesperación en el rostro de hombres, mujeres y niños con su gran incertidumbre sobre su destino, escuchar impotentes sus desdichadas vivencias y detenerse en oración en la orilla de ese mar que se ha tragado la vida de tantos seres humanos inocentes, ha sido una experiencia muy conmovedora, que ha confirmado cuánto queda aún por hacer para asegurar dignidad y justicia a tantos hermanos y hermanas. Una gran consolación, en esos momentos tan tristes, ha sido la intensa cercanía humana y espiritual que he experimentado con el Patriarca Bartolomé y el Arzobispo Jerónimo. Guiados por el Espíritu Santo, estamos tomando cada vez más conciencia de que nosotros, católicos y ortodoxos, tenemos una responsabilidad común hacia los necesitados, en obediencia al único Evangelio de Jesucristo nuestro Señor. Asumir esta responsabilidad es un deber, que toca la credibilidad misma de nuestro ser cristianos. Aliento, por lo tanto, toda forma de colaboración entre católicos y ortodoxos en actividades concretas al servicio de la humanidad que sufre».

Renovando asimismo su gran aprecio por los pasos cumplidos en el diálogo teológico y su alegría por la nueva reunión de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, el Sucesor de Pedro aseguró luego que acompañó con la oración la celebración del Concilio Panortodoxo, en Creta. Con el anhelo de que el Espíritu Santo haga que de este evento broten abundantes frutos por el bien de la Iglesia.

(CdM – RV)


El Papa Francisco: Benedicto XVI ha hecho y hace teología de rodillas

(RV).- Con ocasión del 65º aniversario sacerdotal del Papa emérito, el 29 de junio de 1951, este martes se presentó en el Vaticano el libro “Enseñar y aprender el amor de Dios” que recoge textos de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI sobre el sacerdocio.

Se trata del primer volumen de una colección de libros de Benedicto XVI sobre el sacerdocio del cual el Papa Francisco escribió el prefacio. La presentación se llevó a cabo durante la ceremonia en la Sala Clementina por el 65° aniversario de sacerdocio de Benedicto XVI y en la que participó el Papa Francisco.

En el prefacio del libro, el Papa Francisco escribió:

 “Cuando leo las obras de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI me resulta cada vez más claro que él ha hecho y hace ‘teología de rodillas’: de rodillas porque, antes incluso que ser un grandísimo teólogo y maestro de la fe, se ve que es un hombre que cree verdaderamente, que ora verdaderamente; se ve que es un hombre que personifica la santidad, un hombre de paz, un hombre de Dios”.

Por este motivo, Francisco explicó que Joseph Ratzinger “encarna ejemplarmente el corazón de toda la acción sacerdotal: ese profundo enraizamiento en Dios sin el cual toda la capacidad organizativa posible y toda la presunta superioridad intelectual, todo el dinero y el poder resultan inútiles; él encarna esa constante relación con el Señor Jesús sin la cual nada es ya verdadero, todo se convierte en rutina, los sacerdotes en asalariados, los obispos en burócratas y la Iglesia deja de ser la Iglesia de Cristo y se convierte en un producto nuestro, una ONG a fin de cuentas superflua”.

Además, el Papa Francisco aseguró sobre Benedicto XVI que “leyendo este volumen, se ve claramente como él mismo, en sesenta y cinco años de sacerdocio que hoy celebramos, ha vivido y vive, ha testimoniado y testimonia ejemplarmente esta esencia del actuar sacerdotal”.

Asimismo, el Papa Bergoglio afirmó que “Benedicto XVI nos sigue testimoniando, quizás ahora, sobre todo, desde el Monasterio Mater Ecclesiae, en el que se ha retirado, de un modo todavía más luminoso, el ‘factor decisivo’, ese íntimo núcleo del ministerio sacerdotal que los diáconos, los sacerdotes y los obispos nunca deben olvidar, a saber, que el primer y el más importante servicio no es la gestión de los ‘asuntos corrientes’, sino rezar por los demás, sin interrupción, con alma y cuerpo, precisamente como lo hace hoy el Papa emérito… La oración, nos dice en este libro y nos testimonia Benedicto XVI, es el factor decisivo: es una intercesión de la que tienen más necesidad que nunca tanto la Iglesia como el mundo —y tanto más en este momento de verdadero y propio cambio de época—; tienen necesidad de ella como del pan, más que del pan”.

Por último, Francisco se dirige a los sacerdotes y les dijo: “¡Queridos hermanos! Yo me permito decir que si alguno de ustedes tuviera en algún momento dudas sobre el centro del propio ministerio, sobre su sentido, sobre su utilidad, si en algún momento le vinieran dudas sobre lo que los hombres esperan verdaderamente de nosotros, medite profundamente las páginas que se nos ofrecen en este libro, porque los hombres esperan de nosotros sobre todo lo que en este libro encontraréis escrito y testimoniado: que les llevemos a Jesucristo y que les conduzcamos a Él, al agua fresca y viva, de la que tienen sed más que de cualquier otra cosa, el agua que solo Él puede regalarnos y que ningún sucedáneo podrá nunca remplazar; que les conduzcamos a realizar ese sueño más íntimo que tienen y que ningún poder podrá nunca prometerles ver cumplido”.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Texto completo del prefacio escrito por el Papa Francisco:

Cuando leo las obras de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI me resulta cada vez más claro que él ha hecho y hace «teología de rodillas»: de rodillas porque, antes incluso que ser un grandísimo teólogo y maestro de la fe, se ve que es un hombre que cree verdaderamente, que ora verdaderamente; se ve que es un hombre que personifica la santidad, un hombre de paz, un hombre de Dios. Y así él encarna ejemplarmente el corazón de toda la acción sacerdotal: ese profundo enraizamiento en Dios sin el cual toda la capacidad organizativa posible y toda la presunta superioridad intelectual, todo el dinero y el poder resultan inútiles; él encarna esa constante relación con el Señor Jesús sin la cual nada es ya verdadero, todo se convierte en rutina, los sacerdotes en asalariados, los obispos en burócratas y la Iglesia deja de ser la Iglesia de Cristo y se convierte en un producto nuestro, una ONG a fin de cuentas superflua.

El sacerdote es aquel que «encarna la presencia de Cristo, testimoniando su presencia salvífica», escribe en este sentido Benedicto XVI en la Carta de proclamación del Año sacerdotal. Leyendo este volumen, se ve claramente como él mismo, en sesenta y cinco años de sacerdocio que hoy celebramos, ha vivido y vive, ha testimoniado y testimonia ejemplarmente esta esencia del actuar sacerdotal.

El cardenal Ludwig Gerhard Müller ha afirmado con autoridad que la obra teológica de Joseph Ratzinger, antes, y de Benedicto XVI, después, lo sitúa en esa serie de grandísimos teólogos que han ocupado la cátedra de Pedro; como, por ejemplo, el papa León Magno, santo y doctor de la Iglesia.

Renunciando al ejercicio activo del ministerio petrino, Benedicto XVI ha decidido ahora dedicarse totalmente al servicio de la oración: «El Señor me llama a “subir al monte” a dedicarme todavía más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar la Iglesia, más aún, si Dios me pide esto es propiamente para que pueda continuar sirviéndola con la misma dedicación y el mismo amor con el que he tratado de hacerlo hasta ahora», ha dicho en el último y conmovedor Ángelus que ha rezado. Desde este punto de vista, a la justa consideración del Prefecto para la Doctrina de la Fe, querría añadir que quizás es precisamente hoy, como papa emérito, cuando él nos está impartiendo del modo más evidente una de sus más grandes lecciones de «teología de rodillas».

Porque Benedicto XVI nos sigue testimoniando, quizás ahora, sobre todo, desde el Monasterio Mater Ecclesiae, en el que se ha retirado, de un modo todavía más luminoso, el «factor decisivo», ese íntimo núcleo del ministerio sacerdotal que los diáconos, los sacerdotes y los obispos nunca deben olvidar, a saber, que el primer y el más importante servicio no es la gestión de los «asuntos corrientes», sino rezar por los demás, sin interrupción, con alma y cuerpo, precisamente como lo hace hoy el papa emérito: constantemente inmerso en Dios, con el corazón siempre dirigido a Él, como un amante que en cada instante piensa en el amado, haga lo que haga. Así, Su Santidad, Benedicto XVI, con su testimonio, nos muestra cuál es la verdadera oración: no la ocupación de algunas personas consideradas particularmente devotas y quizás tenidas por poco aptas para resolver problemas prácticos, para ese «hacer» que, sin embargo, los más «activos» creen que es el elemento decisivo de nuestro servicio sacerdotal, relegando así de hecho la oración al «tiempo libre». Orar no es tampoco simplemente una buena práctica para poner un poco en paz la propia conciencia, o solo un medio devoto para obtener de Dios lo que en un momento determinado creemos que sirve. No. La oración, nos dice en este libro y nos testimonia Benedicto XVI, es el factor decisivo: es una intercesión de la que tienen más necesidad que nunca tanto la Iglesia como el mundo —y tanto más en este momento de verdadero y propio cambio de época—; tienen necesidad de ella como del pan, más que del pan. Porque orar es confiar la Iglesia a Dios, con la conciencia de que la Iglesia no es nuestra, sino Suya, y que precisamente por esto él no la abandonará; porque orar significa confiar el mundo y la humanidad a Dios; la oración es la clave que abre el corazón de Dios, es la única que consigue introducir de nuevo a Dios siempre, continuamente, en este mundo nuestro, y es, a la vez, la única que consigue introducir de nuevo a los hombres y al mundo siempre, continuamente, en Él, como el hijo pródigo que vuelve a su Padre, lleno de amor por él, y no espera más que poder abrazarlo. Benedicto XVI no olvida que la oración es la primera tarea del obispo.

Y así, orar verdaderamente va de la mano con la conciencia de que el mundo sin la oración no solo pierde rápidamente su orientación, sino también la auténtica fuente de la vida: «Porque sin la vinculación con Dios somos como satélites que han perdido su órbita y caemos como enloquecidos en el vacío, no solo desintegrándonos nosotros mismos, sino amenazando también a los demás», escribe Joseph Ratzinger, ofreciéndonos una de sus tantas estupendas imágenes esparcidas en este libro.

¡Queridos hermanos! Yo me permito decir que si alguno de vosotros tuviera en algún momento dudas sobre el centro del propio ministerio, sobre su sentido, sobre su utilidad, si en algún momento le vinieran dudas sobre lo que los hombres esperan verdaderamente de nosotros, medite profundamente las páginas que se nos ofrecen en este libro, porque los hombres esperan de nosotros sobre todo lo que en este libro encontraréis escrito y testimoniado: que les llevemos a Jesucristo y que les conduzcamos a Él, al agua fresca y viva, de la que tienen sed más que de cualquier otra cosa, el agua que solo Él puede regalarnos y que ningún sucedáneo podrá nunca remplazar; que les conduzcamos a realizar ese sueño más íntimo que tienen y que ningún poder podrá nunca prometerles ver cumplido.

No es casualidad que la iniciativa de este volumen —junto con la de dar vida muy oportunamente a una Serie de libros temáticos sobre el pensamiento de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI— haya partido de un laico, el profesor Pierluca Azzaro, y de un sacerdote, el reverendo padre Carlos Granados. A ellos va mi cordial agradecimiento, bendición y apoyo por el importante proyecto, junto con el reverendo don Giuseppe Costa, director de la Librería Editrice Vaticana, que publica la Opera Omnia de Joseph Ratzinger. No es casualidad, decía, porque el volumen que hoy presento está dirigido en la misma medida a los sacerdotes y a los fieles laicos; como magistralmente testimonia, entre tantas, esta página del libro que ofrezco a los religiosos y a los laicos como una última y segura invitación a la lectura: «Casualmente he leído en estos días un relato sobre estas cuestiones, en el que el gran escritor francés Julien Green describe las peripecias de su conversión. Cuenta él cómo en el período de entreguerras vivía tal como vive un hombre de hoy, con todas las permisividades que éste se da a sí mismo; ni mejor ni peor, esclavo de los placeres, que están ahí junto con Dios, de forma que, por una parte los necesita, para hacer soportable su vida, y al mismo tiempo encuentra insoportable esa vida. Él es un hombre que busca dónde podría encontrar una salida, establece algunas relaciones. Un día va a ver al gran teólogo Henri Bremond, pero el resultado es sólo una conversación de carácter académico, planteamientos de carácter teorético, que nada le ayudan. Entonces entra en relación con dos grandes filósofos, el matrimonio Jacques y Raissa Maritain. Raissa Maritain lo remite a un dominico polaco. Él se dirige a aquél y le describe la situación de su vida desgarrada. El sacerdote le dice: ¿Y está usted conforme con esa vida? ¡No, claro que no! A usted le gustaría vivir de otro modo, ¿se arrepiente? ¡Sí! Y entonces sucede algo inesperado. El sacerdote le dice: ¡Arrodíllese! Ego te absolvo a peccatis tuis, yo te absuelvo. Julien Green escribe: Entonces me di cuenta de que, en el fondo, siempre había estado esperando ese instante, siempre había estado esperando a que en cualquier momento hubiese alguien que me dijese: Arrodíllate, yo te absuelvo; me fui a casa, yo no era otro, no, finalmente había vuelto a ser yo mismo».

 


La Fundación Ratzinger al servicio de la Santa Sede

(RV).- En el marco del 65° aniversario de ordenación sacerdotal del Papa emérito Benedicto XVI, que tuvo lugar en Frisinga, Alemania, el 28 de junio de 1951,  la Fundación Vaticana a él titulada emitió este 27 de junio un comunicado en el que informa acerca de las actividades promovidas por esta institución que “desde su creación en marzo del 2010” “no tienen otro objetivo que el de ponerse al servicio del Sumo Pontífice y de su Magisterio, con las especificidades típicas de esta Fundación, donada por Benedicto XVI desde el comienzo a la Santa Sede y a los Pontífices sucesores suyos”.

El comunicado de Fundación Vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XVI informa además  sobre el  “aspecto caritativo llevado a cabo por la Fundación” que es “ejercitado con la asignación anual de diez becas destinadas a estudiantes en Italia y en el extranjero”, becas que en el año 2015 “fueron otorgadas por un valor de 120 mil euros” – especifica el comunicado.

Asimismo la Fundación se ocupa de “la organización de Congresos de alto valor cultural y científico, prevista por el Estatuto de la Fundación, que tiene como guía lo que el Papa Francisco recuerda en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: “Las Universidades son un ámbito privilegiado para pensar y desarrollar este compromiso de evangelización de manera interdisciplinar e integrado” (EG, 134).

“Finalmente, con la asignación del Premio Ratzinger a estudiosos cuyos nombres son presentados por el Comité científico de la Fundación al Pontífice, el Santo Padre quiere poner en evidencia el trabajo de aquellos hombres y mujeres – católicos y no -, que con su vida de estudio se pusieron totalmente al servicio del Evangelio, haciéndolo comprensible a sus contemporáneos. Esto porque, como se lee siempre en la Evangelii gaudium, ‘el anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas profesionales, científicas y académicas’ (EG, 132)”, concluye el comunicado.

(MCM-RV)