sábado, 29 de abril de 2017

Coraje apostólico y expectativa internacional con el viaje del Papa en Egipto

Reflexiones en Frontera, jesuita Guillermo Ortiz

Ir más allá de los condicionamientos históricos para hacer la historia de la paz, aceptando y sacando lo mejor del gesto y las palabras del otro, aunque algunos consideren ambiguos estos gestos y palabras, es la intención de Francisco Papa, para quien la unidad es superior al conflicto, el todo superior a la parte, la realidad superior a la idea, el tiempo superior al espacio.

Con palabras claras, valientes, participó de la Conferencia Internacional de la paz invitado por el Gran Imán, anima a la comunidad cristiana y propicia el diálogo ecuménico, en un Egipto que resulta clave en la solución de conflictos de la región.

Pero aunque Egipto queda lejos, soy testigo de parte de la gran cantidad de personas en todo el mundo, y en mi caso de oyentes de Radio Vaticana y amigos de las redes sociales que rezan por Francisco, por su viaje, por los objetivos de su viaje. Rezan en un mundo globalizado donde la violencia en un sitio concreto nos golpea a todos. Del mismo modo, el diálogo, la paz, la construcción de puentes, de fraternidad, de justicia, de amor en un sitio concreto, nos puede ayudar a todos, por el testimonio del esfuerzo por la paz en el que varias personas se están jugando la vida. @jesuitaGuillo


De nuestra enviada especial a El Cairo, Bianca Fraccalvieri

(RV).- De camino al Estadio Air Defence de El Cairo, para participar en la Santa Misa que el Papa Francisco celebró el último sábado de abril – en su segundo y último día de su 18º Viaje Apostólico internacional, en esta ocasión a Egipto – nuestra enviada especial Bianca Fraccalvieri, conversó con tres latinoamericanas llenas de entusiasmo.

Se trata de las ecuatorianas María José Miranda y María Helena Valdivieso y de la chilena Catalina Villagrán, quienes comparten su emoción ante el micrófono de Radio Vaticano. 


Papa: “El único extremismo permitido es el de la caridad”

(RV).- “A Dios sólo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad. Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Santa Misa celebrada a las 10:00, en el Estadio Air Defence de El Cairo, en el segundo y último día de su 18º Viaje Apostólico internacional, en esta ocasión a Egipto, el sábado 29 de abril.

Este lugar, distante unos 19 km de la Nunciatura Apostólica, es conocido también como el “Estadio 30 de junio” y forma parte de la ciudad deportiva de la Aeronáutica militar que se construyó para celebrar las proezas de la defensa aérea durante la guerra de 1970 contra Israel. Mientras en el año 2015 fue teatro de violentos choques entre los adeptos de un partido de fútbol y la policía que dejó un saldo de 22 personas fallecidas.

En su homilía – con la liturgia del III domingo de Pascua, en que el Evangelio refiere el camino que hicieron los dos discípulos de Emaús tras salir de Jerusalén – el Papa Bergoglio afirmó que se trata de un Evangelio que puede resumirse con tres palabras, a saber: muerte, resurrección y vida.

Muerte en el sentido de que los dos discípulos regresan a sus quehaceres cotidianos, llenos de desilusión y desesperación, mientras el Maestro ha muerto y, por lo tanto, es inútil esperar. Sí, porque “la crisis de la Cruz”, o “el escándalo” y la “necedad de la Cruz” había terminado por sepultar toda esperanza. Y porque no podían creer que el Maestro y el Salvador que había resucitado a los muertos y curado a los enfermos pudiera terminar clavado en la cruz de la vergüenza. No podían comprender por qué Dios Omnipotente no lo salvó de una muerte tan infame. De modo que – como dijo el Pontífice –  “la cruz de Cristo era la cruz de sus ideas sobre Dios; la muerte de Cristo era la muerte de todo lo que ellos pensaban que era Dios.

Resurrección en el sentido de que en la oscuridad de la noche más negra, en la desesperación más angustiosa, Jesús se acerca a los dos discípulos y los acompaña en su camino para que descubran que él es “el camino, la verdad y la vida”. Con lo cual el Señor “trasforma su desesperación en vida, porque cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina”. Y de hecho – afirmó Francisco –  “lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”, tal como se lee en el Evangelio de San Lucas. A la vez que recordó que cuando el hombre toca el fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz.

Y Vida, puesto que el encuentro con Jesús resucitado ha transformado la vida de ambos discípulos, porque el encuentro con el Resucitado transforma la vida entera y hace fecunda cualquier esterilidad, tal como lo afirmó el Papa emérito Benedicto XVI, en su catequesis de la Audiencia General del 11 abril de 2007. En efecto – agregó el Papa Bergoglio – “la Resurrección no es una fe que nace de la Iglesia, sino que es la Iglesia la que nace de la fe en la Resurrección”. Concepto reforzado por las palabras de San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también su fe” (1 Co 15,14).

El Obispo de Roma reafirmó con fuerza que “el Resucitado desaparece de nuestra vista, para enseñarnos que no podemos retener a Jesús en su visibilidad histórica”. Mientras la Iglesia debe saber y creer que él está vivo en ella y que la vivifica con la Eucaristía, con la Escritura y con los Sacramentos. Francisco invitó a los fieles presentes en esta celebración a que – como los discípulos de Emaús – regresen a su Jerusalén, es decir, a su vida cotidiana, a sus familias, a su trabajo y a su patria llenos de alegría, valentía y fe. Sin tener miedo de abrir su corazón a la luz del Resucitado y permitiendo que Él transforme sus incertidumbres en fuerza positiva,  para ellos y para los demás. Por esta razón el Santo Padre repitió: “No tengan miedo de amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente”.

Y concluyó con un pensamiento a la Virgen María y a la Sagrada Familia, que vivieron en esa bendita tierra, con el deseo de que iluminen los corazones y bendigan al amado Egipto que, en los albores del cristianismo, acogió la evangelización de San Marcos y dio a lo largo de la historia numerosos mártires y una gran multitud de santos y santas.

(María Fernanda Bernasconi – RV).


Saludo y aliento del Papa a jóvenes peregrinos en Egipto

(RV).- Al concluir su primera jornada en El Cairo, el Papa Francisco fue recibido en la Nunciatura por un grupo de niños de la Escuela Comboniana. Y, después de cenar, saludó a unos 300 jóvenes que habían llegado en peregrinación, desde el Norte y el Sur del país.

«¡Francisco te queremos!», fue el saludo que gritaron con gran alegría los jóvenes peregrinos cuando el Santo Padre se asomó y les dirigió unas palabras de aliento y cariño, invitando a rezar por las personas que se aman y por las que no se aman, para luego darles su bendición:

«¡Buenas noches a todos ustedes! ¡Me alegra estar con ustedes! Sé que vinieron en peregrinación ¿es verdad? Si es verdad ¡es porque son valientes! Mañana tendremos la Misa en el estadio, todos juntos, ¡rezaremos juntos, cantaremos juntos y festejaremos juntos!

Antes de retirarme, quisiera rezar con ustedes. Recemos juntos el Padre Nuestro (rezo en árabe)

Y ahora les quiero dar la bendición, pero antes cada uno de ustedes piense en las personas que quieren más, en las que más cariño le tienen; piense también en las personas que no quiere y, en silencio, cada uno rece por estas personas: por aquellas que quieren más y por las que no quieren.

Y yo les doy la bendición a ustedes y a esas personas

(Bendición)

¡Que viva Egipto!

(CdM – RV)


viernes, 28 de abril de 2017

Francisco y Tawadros firman Declaración Conjunta: “Esfuerzo común en la búsqueda de la unidad”

(RV).- Al finalizar el Encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca de los Coptos, Tawadros II, firmaron una Declaración Conjunta en la Sede del patriarcado de El Cairo.

En la declaración resaltan el privilegio de estar juntos en Egipto, “una señal de que nuestra relación es cada año más sólida, y de que seguimos creciendo en cercanía, fe y amor en Cristo nuestro Señor”.

Tawadros II y Francisco constatan que esta experiencia común de comunión antes de la separación reviste un significado especial para los esfuerzos actuales, encaminados a restaurar la plena comunión. “La mayor parte de las relaciones que existieron en los primeros siglos entre la Iglesia Católica y la Iglesia Copta Ortodoxa han continuado hasta nuestros días, escriben, a pesar de las divisiones, y han sido recientemente revitalizadas. Suponen un desafío para que intensifiquemos nuestros esfuerzos comunes y perseveremos en la búsqueda de la unidad visible en la diversidad, bajo la guía del Espíritu Santo”.

La Declaración Conjunta recuerda que, “cuando los cristianos oran juntos, se dan cuenta de que lo que los une es mucho más de lo que los divide”. Por eso, el anhelo de unidad se inspira en la oración de Cristo «que todos sean uno». En este sentido invitan a profundizar nuestras raíces comunes en la única fe apostólica.

“Intensifiquemos nuestra incesante oración por todos los cristianos de Egipto y de todo el mundo y, especialmente, por los de Oriente Medio. Las trágicas experiencias y la sangre derramada por nuestros fieles, que han sido perseguidos y asesinados por la única razón de ser cristianos, nos recuerdan aún más que el ecumenismo del martirio es el que nos une y nos anima en el camino hacia la paz y la reconciliación”, constatan.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto completo de la Declaración Conjunta firmada por el Papa Francisco y Tawadros II

DECLARACIÓN FINAL DE SU SANTIDAD FRANCISCO Y SU SANTIDAD TAWADROS II

1.     Nosotros, Francisco, Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica, y Tawadros II, Papa de Alejandría y Patriarca de la Sede de San Marcos, damos gracias a Dios en el Espíritu Santo porque nos ha concedido la gozosa oportunidad de encontrarnos una vez más para intercambiar nuestro abrazo fraternal y unirnos de nuevo en una misma oración. Damos gloria al Todopoderoso por los vínculos de fraternidad y amistad que unen la Sede de San Pedro y la Sede de San Marcos. El privilegio de estar juntos aquí en Egipto es una señal de que nuestra relación es cada año más sólida, y de que seguimos creciendo en cercanía, fe y amor en Cristo nuestro Señor. Damos gracias a Dios por este amado Egipto, «patria que vive dentro de nosotros», como solía decir Su Santidad el Papa Shenouda III, «el pueblo bendecido por Dios» (cf. Is 19,25), con su antigua civilización faraónica, su herencia griega y romana, su tradición copta y su presencia islámica. Egipto es el lugar donde la Sagrada Familia encontró refugio, tierra de mártires y santos.

2.     Nuestro profundo vínculo de amistad y fraternidad tiene su origen en la plena comunión que existía entre nuestras Iglesias en los primeros siglos y que se fue expresando de muchas maneras a través de los primeros Concilios Ecuménicos, remontándose al Concilio de Nicea en el año 325 y a la contribución del valeroso Padre de la Iglesia san Atanasio, que se ganó el título de «Defensor de la Fe». Nuestra comunión se manifestaba a través de la oración y de prácticas litúrgicas similares, de la veneración de los mismos mártires y santos, y a través del crecimiento y difusión del monaquismo, siguiendo el ejemplo del gran san Antonio, conocido como el Padre de todos los monjes.

Esta experiencia común de comunión antes de la separación reviste un significado especial para nuestros esfuerzos actuales, encaminados a restaurar la plena comunión. La mayor parte de las relaciones que existieron en los primeros siglos entre la Iglesia Católica y la Iglesia Copta Ortodoxa han continuado hasta nuestros días, a pesar de las divisiones, y han sido recientemente revitalizadas. Suponen un desafío para que intensifiquemos nuestros esfuerzos comunes y perseveremos en la búsqueda de la unidad visible en la diversidad, bajo la guía del Espíritu Santo.

3.     Recordamos con gratitud el histórico encuentro que tuvo lugar hace cuarenta y cuatro años entre nuestros predecesores, el Papa Pablo VI y el Papa Shenouda III, en un abrazo de paz y fraternidad, después de muchos siglos, cuando nuestros mutuos vínculos de amor no fueron capaces de expresarse a causa de la distancia que había surgido entre nosotros. La Declaración Común que firmaron el 10 de mayo de 1973 representó un hito en el camino del ecumenismo y sirvió como punto de partida para la Comisión para el Diálogo Teológico entre nuestras Iglesias, que ha dado muchos frutos y ha abierto el camino para un diálogo más amplio entre la Iglesia Católica y la entera familia de las Iglesias Ortodoxas Orientales. En esa Declaración, nuestras Iglesias reconocieron que, de acuerdo con la tradición apostólica, profesan «una misma fe en un solo Dios Uno y Trino» y «la divinidad del Unigénito Hijo Encarnado de Dios… Dios perfecto con respecto a su divinidad, y perfecto hombre con respecto a su humanidad». También se reconoció que «la vida divina nos es dada y alimentada a través de los siete sacramentos» y que «veneramos a la Virgen María, Madre de la Luz Verdadera», la «Theotokos».

4.     Con profunda gratitud recordamos nuestro encuentro fraterno en Roma, el 10 de mayo de 2013, y el establecimiento del 10 de mayo como el día en el que cada año profundizamos la amistad y la fraternidad entre nuestras Iglesias. Este renovado espíritu de cercanía nos ha permitido discernir una vez más que el vínculo que nos mantiene unidos lo recibimos de nuestro único Señor el día de nuestro Bautismo. Porque es a través del Bautismo que nos convertimos en miembros del único Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf.1Co 12,13). Esta herencia común es la base de nuestra peregrinación hacia la plena comunión, a medida que crecemos en el amor y la reconciliación.

5.     Somos conscientes de que en esta peregrinación aún nos queda mucho camino por recorrer, sin embargo, no podemos ignorar lo mucho que ya hemos avanzado. Recordamos, en particular, el encuentro entre el Papa Shenouda III y san Juan Pablo II que, durante el Gran Jubileo del año 2000, vino a Egipto como peregrino. Estamos decididos a seguir sus pasos, movidos por el amor a Cristo, Buen Pastor, con la profunda convicción de que caminando juntos crecemos en la unidad. Que sepamos encontrar nuestra fuerza en Dios, fuente perfecta de comunión y amor.

6.     Este amor encuentra su expresión más profunda en la oración común. Cuando los cristianos oran juntos, se dan cuenta de que lo que los une es mucho más de lo que los divide. Nuestro anhelo de unidad se inspira en la oración de Cristo «que todos sean uno» (Jn 17,21). Profundicemos nuestras raíces comunes en la única fe apostólica, rezando juntos y buscando traducciones comunes de la Oración del Señor y también una fecha común para la celebración de la Pascua.

7.     Mientras caminamos hacia el día bendito en que finalmente podamos reunirnos en torno a la misma mesa Eucarística, podemos cooperar en muchas áreas y demostrar de manera tangible lo mucho que ya nos une. Podemos dar juntos un testimonio de los valores fundamentales como la santidad y la dignidad de la vida humana, la santidad del matrimonio y de la familia, y el respeto por toda la creación, que Dios nos ha confiado. Frente a muchos desafíos actuales como la secularización y la globalización de la indiferencia, estamos llamados a ofrecer una respuesta común cimentada en los valores del Evangelio y en los tesoros de nuestras respectivas tradiciones. A este respecto, nos sentimos animados a profundizar en el estudio de los Padres Orientales y Latinos, y a promover un fecundo intercambio en la vida pastoral, principalmente en la catequesis y en el mutuo enriquecimiento espiritual entre comunidades monásticas y religiosas.

8.     Nuestro testimonio cristiano compartido es una señal, llena de gracia, de reconciliación y esperanza para la sociedad egipcia y sus instituciones, una semilla plantada para que produzca frutos de justicia y de paz. Puesto que creemos que todos los seres humanos son creados a imagen de Dios, nos afanamos para que la tranquilidad y la concordia sean una realidad de la coexistencia pacífica entre cristianos y musulmanes, dando así testimonio de lo mucho que Dios desea la unidad y armonía de toda la familia humana y la igual dignidad de todo ser humano. Compartimos también la misma preocupación por el bienestar y el futuro de Egipto. Todos los miembros de la sociedad tienen el derecho y el deber de participar plenamente en la vida de la nación, pudiendo disfrutar de una ciudadanía plena y equitativa, y colaborar en la construcción de su país. La libertad religiosa, incluida la libertad de conciencia, arraigada en la dignidad de la persona, es la piedra angular de todas las demás libertades. Es un derecho sagrado e inalienable.

9.     Intensifiquemos nuestra incesante oración por todos los cristianos de Egipto y de todo el mundo y, especialmente, por los de Oriente Medio. Las trágicas experiencias y la sangre derramada por nuestros fieles, que han sido perseguidos y asesinados por la única razón de ser cristianos, nos recuerdan aún más que el ecumenismo del martirio es el que nos une y nos anima en el camino hacia la paz y la reconciliación. Porque como escribe san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1Co 12, 26).

10.  El misterio de Jesús, que murió y resucitó por amor, está en el corazón de nuestro camino hacia la plena unidad. Una vez más, los mártires son quienes nos guían. En la Iglesia primitiva, la sangre de los mártires fue semilla de nuevos cristianos. Así también en nuestros días, la sangre de tantos mártires será semilla de unidad entre todos los discípulos de Cristo, signo e instrumento de comunión y paz para el mundo.

11.  En obediencia a la acción del Espíritu Santo que santifica a la Iglesia, la custodia a lo largo de los siglos y la conduce hacia la unidad plena, aquella unidad por la que oró Jesucristo:

Hoy, nosotros, Papa Francisco y Papa Tawadros II, para complacer al corazón del Señor Jesús, así como también al de nuestros hijos e hijas en la fe, declaramos mutuamente que, con una misma mente y un mismo corazón, procuraremos sinceramente no repetir el bautismo a ninguna persona que haya sido bautizada en algunas de nuestras Iglesias y quiera unirse a la otra. Esto lo confesamos en obediencia a las Sagradas Escrituras y a la fe de los tres Concilios Ecuménicos reunidos en Nicea, Constantinopla y Éfeso.

Pedimos a Dios nuestro Padre que nos guíe, con los tiempos y los medios que el Espíritu Santo elija, a la plena unidad en el Cuerpo místico de Cristo.

12.  Sigamos pues las enseñanzas y el ejemplo del apóstol Pablo, que escribe: «[Esforzaos] en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos» (Ef 4, 3-6).


Llamados a testimoniar juntos, a llevar al mundo nuestra fe. Francisco visita a su hermano Tawadros II

(RV).-  «Coptos ortodoxos y Católicos podemos hablar cada vez más la lengua común de la caridad»: continuando sus encuentros en Egipto el Obispo de Roma realizó una visita de cortesía al Papa Tawadros II, Patriarca de la Iglesia Copto-Ortodoxa de Alejandría. Al «querido hermano» Teodoro Francisco empezó recordando que este año hemos celebrado en el mismo día la Pascua, centro de la vida cristiana, proclamando al unísono el anuncio de la Resurrección, viviendo nuevamente la experiencia de los primeros discípulos, que ese día «se llenaron de alegría al ver al Señor».

«Delante del Señor, que quiere que seamos perfectos en la unidad no es posible escondernos más detrás de los pretextos de divergencias interpretativas ni tampoco detrás de siglos de historia y de tradiciones que nos han convertido en extraños», precisó el Papa, puntualizando que no sólo existe un ecumenismo realizado con gestos, palabras y esfuerzo, sino también una comunión ya efectiva, que crece cada día en la relación viva con el Señor Jesús, se fundamenta en la fe profesada y se basa realmente en nuestro Bautismo, en el ser «criaturas nuevas» en él: en definitiva, subrayó, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.

El Santo Padre aseguró a Tawadros que estamos llamados a testimoniar juntos al Señor, a llevar al mundo nuestra fe, viviéndola, porque la presencia de Jesús se transmite con la vida y habla el lenguaje del amor gratuito y concreto. «Coptos ortodoxos y Católicos podemos hablar cada vez más esta lengua común de la caridad: antes de comenzar un proyecto para hacer el bien, sería hermoso preguntarnos si podemos hacerlo con nuestros hermanos y hermanas que comparten la fe en Jesús. Así, edificando la comunión con el testimonio vivido en lo concreto de la vida cotidiana, el Espíritu no dejará de abrir caminos providenciales e inimaginables de unidad», observó.

Francisco deseó a Teodoro que nuestro mismo Señor nos conceda seguir caminando juntos, como peregrinos de comunión y anunciadores de paz. «Que en este camino nos lleve de la mano Aquella que acompañó aquí a Jesús y que la gran tradición teológica egipcia ha aclamado desde la antigüedad como Theotokos, Madre de Dios».

(RC-RV)

Saludo de Francisco a Tawadros II

El Señor ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. [Al Massih kam, bilhakika kam!]

Santidad, querido Hermano:

Hace poco que ha concluido la gran Solemnidad de la Pascua, centro de la vida cristiana, que este año hemos tenido la gracia de celebrar en el mismo día. Así hemos proclamado al unísono el anuncio de la Resurrección, viviendo de nuevo, en un cierto sentido, la experiencia de los primeros discípulos, que en ese día «se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20). Esta alegría pascual se ha incrementado hoy por el don que se nos ha concedido de adorar juntos al Resucitado en la oración y de darnos nuevamente, en su nombre, el beso santo y el abrazo de paz. Esto me llena de alegría: llegando aquí como peregrino, estaba seguro de recibir la bendición de un Hermano que me esperaba. Era grande el deseo de encontrarnos otra vez: mantengo muy vivo el recuerdo de la visita que Vuestra Santidad realizó a Roma, poco después de mi elección, el 10 de mayo de 2013, una fecha que se ha convertido felizmente en la oportunidad para celebrar cada año la Jornada de Amistad copto-católica.

Con la alegría de continuar fraternalmente nuestro camino ecuménico, deseo recordar ante todo ese momento crucial que supuso en las relaciones entre la sede de Pedro y la de Marcos la Declaración Común, firmada por nuestros Predecesores hace más de cuarenta años, el 10 de mayo de 1973. En ese día, después de «siglos de una historia complicada», en los que «se han manifestado diferencias teológicas, fomentadas y acentuadas por factores de carácter no teológico» y por una creciente desconfianza en las relaciones, con la ayuda de Dios hemos llegado a reconocer juntos que Cristo es «Dios perfecto en su Divinidad y hombre perfecto en su humanidad» (Declaración Común firmada por el Santo Padre Pablo VI y por Su Santidad Amba Shenouda III, 10 mayo 1973). Pero no menos importantes y actuales son las palabras que la precedían inmediatamente, con las que hemos reconocido a «Nuestro Señor y Dios y Salvador y Rey de todos nosotros, Jesucristo». Con estas expresiones la sede de Marcos y la de Pedro han proclamado la señoría de Jesús: juntos hemos confesado que pertenecemos a Jesús y que él es nuestro todo.

Aún más, hemos comprendido que, siendo suyos, no podemos seguir pensando en ir adelante cada uno por su camino, porque traicionaríamos su voluntad: que los suyos sean «todos […] uno […] para que el mundo crea» (Jn 17,21). Delante del Señor, que quiere que seamos «perfectos en la unidad» (v. 23) no es posible escondernos más detrás de los pretextos de divergencias interpretativas ni tampoco detrás de siglos de historia y de tradiciones que nos han convertido en extraños. Como dijo aquí Su Santidad Juan Pablo II: «A este respecto no hay tiempo que perder. Nuestra comunión en el único Señor Jesucristo, en el único Espíritu Santo y en el único bautismo, ya representa una realidad profunda y fundamental» (Discurso durante el encuentro ecuménico, 25 febrero 2000). En este sentido, no sólo existe un ecumenismo realizado con gestos, palabras y esfuerzo, sino también una comunión ya efectiva, que crece cada día en la relación viva con el Señor Jesús, se fundamenta en la fe profesada y se basa realmente en nuestro Bautismo, en el ser «criaturas nuevas» en él (cf. 2 Co 5,17): en definitiva, «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,5). De aquí tenemos que comenzar siempre, para apresurar el día tan esperado en el que estaremos en comunión plena y visible junto al altar del Señor.

En este camino apasionante, que —como la vida— no es siempre fácil ni lineal, pero que el Señor nos exhorta a seguir recorriendo, no estamos solos. Nos acompaña una multitud de Santos y Mártires que, ya plenamente unidos, nos animan a que seamos aquí en la tierra una imagen viviente de la «Jerusalén celeste» (Ga 4,26). Entre ellos, seguro que los que hoy se alegran de manera especial de nuestro encuentro son los santos Pedro y Marcos. Es grande el vínculo que los une. Basta pensar en el hecho de que san Marcos puso en el centro de su Evangelio la profesión de fe de Pedro: «Tu eres el Cristo». Fue la respuesta a la pregunta, siempre actual, de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» (Mc 8,29). También hoy hay mucha gente que no sabe dar una respuesta a esta pregunta; faltan incluso personas que la propongan y sobre todo quien ofrezca como respuesta la alegría de conocer a Jesús, la misma alegría con la que tenemos la gracia de confesarlo juntos.

Estamos llamados a testimoniarlo juntos, a llevar al mundo nuestra fe, sobre todo, como es proprio de la fe: viviéndola, porque la presencia de Jesús se transmite con la vida y habla el lenguaje del amor gratuito y concreto. Coptos ortodoxos y Católicos podemos hablar cada vez más esta lengua común de la caridad: antes de comenzar un proyecto para hacer el bien, sería hermoso preguntarnos si podemos hacerlo con nuestros hermanos y hermanas que comparten la fe en Jesús. Así, edificando la comunión con el testimonio vivido en lo concreto de la vida cotidiana, el Espíritu no dejará de abrir caminos providenciales e inimaginables de unidad.

Con este espíritu apostólico constructivo, Vuestra Santidad sigue brindando una atención genuina y fraterna a la Iglesia copta católica: una cercanía que agradezco tanto y que se ha concretado en la creación del Consejo Nacional de las Iglesias Cristianas, para que los creyentes en Jesús puedan actuar siempre más unidos, en beneficio de toda la sociedad egipcia. Además, he apreciado mucho la generosa hospitalidad con la que acogió el XIII Encuentro de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas Orientales, que tuvo lugar aquí el año pasado siguiendo vuestra invitación. Es un bonito signo que el encuentro siguiente se haya celebrado en Roma, como queriendo señalar una continuidad particular entre la sede de Marcos y la de Pedro.

En la Sagrada Escritura, Pedro corresponde en cierto modo al afecto de Marcos llamándolo «mi hijo» (1 P 5,13). Pero los vínculos fraternos del Evangelista y su actividad apostólica se extienden también a san Pablo el cual, antes de morir mártir en Roma, habla de lo útil que es Marcos para el ministerio (cf. 2 Tm 4,11) y lo menciona varias veces (cf. Flm 24; Col 4, 10). Caridad fraterna y comunión de misión: estos son los mensajes que la Palabra divina y nuestros orígenes nos transmiten. Son las semillas evangélicas que con alegría seguimos cultivando y juntos, con la ayuda de Dios, procuramos que crezcan (cf. 1 Co 3,6-7).

Nuestro camino ecuménico crece de manera misteriosa y sin duda actual, gracias a un verdadero y propio ecumenismo de la sangre. San Juan escribe que Jesús vino «con agua y sangre» (1 Jn 5,6); quien cree en él, «vence al mundo» (1 Jn 5,5). Con agua y sangre: viviendo una vida nueva en nuestro mismo Bautismo, una vida de amor, siempre y por todos, también a costa de derramar la sangre. Cuántos mártires en esta tierra, desde los primeros siglos del Cristianismo, han vivido la fe de manera heroica y hasta el final, prefiriendo derramar su sangre antes que renegar del Señor y ceder a las lisonjas del mal o a la tentación de responder al mal con el mal. Así lo testimonia el venerable Martirologio de la Iglesia Copta. Aun recientemente, por desgracia, la sangre inocente de fieles indefensos ha sido derramada cruelmente: su sangre inocente nos une. Querido Hermano, igual que la Jerusalén celeste es una, así también nuestro martirologio es uno, y vuestros sufrimientos son también nuestros sufrimientos. Fortalecidos por vuestro testimonio, esforcémonos en oponernos a la violencia predicando y sembrando el bien, haciendo crecer la concordia y manteniendo la unidad, rezando para que los muchos sacrificios abran el camino a un futuro de comunión plena entre nosotros y de paz para todos.

La maravillosa historia de santidad de esta tierra no se debe sólo al sacrificio de los mártires. Apenas terminadas las antiguas persecuciones, surgió una nueva forma de vida que, ofrecida al Señor, nada retenía para sí: en el desierto inició el monaquismo. Así, a los grandes signos que Dios obró en el pasado en Egipto y en el Mar Rojo (cf. Sal 106,21-22), siguió el prodigio de una vida nueva, que hizo florecer de santidad el desierto. Con veneración por este patrimonio común, he venido como peregrino a esta tierra, donde el Señor mismo ama venir: aquí, glorioso, bajó al monte Sinaí (cf. Ex 24,16); aquí, humilde, encontró refugio cuando era niño (cf. Mt 2,14).

Santidad, querido Hermano: que el mismo Señor nos conceda hoy seguir caminando juntos, como peregrinos de comunión y anunciadores de paz. Que en este camino nos lleve de la mano Aquella que acompañó aquí a Jesús y que la gran tradición teológica egipcia ha aclamado desde la antigüedad como Theotokos, Madre de Dios. En este título se unen admirablemente la humanidad y la divinidad, porque, en la Madre, Dios se hizo hombre para siempre. Que la Virgen Santa, que siempre nos conduce a Jesús, sinfonía perfecta de lo divino con lo humano, siga trayendo un poco de Cielo a nuestra tierra.

(RC-RV)

 


Encuentro del Papa Francisco con las autoridades en su viaje a Egipto

(RV).- Paz, prosperidad, progreso y justicia para Egipto, es el ruego del Papa Francisco a Dios Todopoderoso y Uno, pidiendo que derrame su Bendición sobre todos los egipcios: ¡Gracias y que viva Egipto!

Con estas palabras el Papa concluyó su denso discurso a las autoridades en El Cairo, en el que también pidió:

«Paz para este amado país. Paz para toda esta región, de manera particular para Palestina e Israel, paz para Siria, Libia, Yemen, Irak, Sudán del Sur; paz para todos los hombres de buena voluntad»

En sus palabras a los miembros del Gobierno y del Parlamento, al Cuerpo Diplomático y a los representantes de la Sociedad civil egipcia, el Papa les reiteró, una vez más, sus deseos de paz y su gratitud por encontrarse en Egipto, tierra de antiquísima y noble civilización, que «representa mucho para la historia de la humanidad y para la Tradición de la Iglesia».

Tierra mencionada tantas veces en la Sagrada Escritura, donde, como recordó Juan Pablo II, Dios reveló su nombre a Moisés y en el monte Sinaí dio a su pueblo y a la humanidad los Mandamientos, y donde encontró refugio y hospitalidad la Sagrada Familia: Jesús, María y José. Reiteró el Papa para luego destacar que «también hoy», en tierra egipcia «encuentran

acogida millones de refugiados que proceden de diferentes países, como Sudán, Eritrea, Siria e Irak».

Tras destacar que Egipto, con su historia y posición geográfica, ocupa un «rol insustituible en Oriente Medio y en el contexto de los países que buscan soluciones a esos problemas difíciles y complejos, que han de ser afrontados ahora para evitar que deriven en una violencia aún más grave», el Papa se refirió a «la violencia ciega e inhumana causada por diferentes factores: el deseo obtuso de poder, el comercio de armas, los graves problemas sociales y el extremismo religioso que utiliza el Santo Nombre de Dios para cometer inauditas masacres e injusticias».

Con el legítimo anhelo del pueblo a pedir un Egipto donde no falte a nadie pan, libertad y justicia social, el Papa Francisco recordó la tarea particular de este país de «reforzar y consolidar también la paz regional». Y uniéndose al dolor de las numerosas familias, algunas de ellas allí presentes, que lloran por la violencia ciega del terrorismo, recordó los atentados en las iglesias coptas, también los más recientes en Tanta y en Alejandría.

«Desarrollo, prosperidad y paz son bienes irrenunciables» reiteró el Papa

Animando los esfuerzos en favor de la paz en Egipto y fuera de él el Obispo de Roma reiteró que nadie debe ser excluido o marginado por ninguna razón, recordando los derechos humanos inalienables, la libertad religiosa y de expresión, con especial atención al rol de la mujer, de los jóvenes, de los pobres y de los enfermos.

Rechazar toda ideología del mal que profana a Dios

Sin olvidar el escenario mundial delicado y complejo, y lo que él ha llamado «guerra mundial por partes», el Papa hizo hincapié en que «no se puede construir la civilización sin rechazar toda clase de ideología del mal,  violencia y extremismo, profanando el Santo Nombre de Dios. Como ha dicho en varias oportunidades el mismo presidente egipcio, al que invitó a escuchar valorando sus palabras en este sentido.

La historia no perdona a los que proclaman la justicia y en cambio practican la injusticia

Todos tenemos el deber de enseñar a las nuevas generaciones que Dios, Creador del cielo y de la tierra, «no quiere nunca la muerte de sus hijos», «ni pide, ni justifica la violencia», sino que la rechaza y la desaprueba», destacó una vez más el Papa para luego añadir «tenemos el deber de quitar la máscara a los vendedores de ilusiones»… «Tenemos el deber de desmontar las ideas homicidas y las ideologías extremistas, afirmando la incompatibilidad entre la verdadera fe y la violencia, entre Dios y los actos de muerte.  En cambio, la historia honra a los constructores de paz, que luchan con valentía y sin violencia por un mundo mejor: «Dichosos los constructores de paz porque se llamarán hijos de Dios» (Mt 5,9)».

Recordando nuevamente la importancia de Egipto en la región, cuna de tres grandes religiones, el Papa destacó el 70 aniversario de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la República Árabe de Egipto.

Abrazando paternalmente a todos los ciudadanos egipcios, el Papa Francisco saludó a los hermanos cristianos: coptos ortodoxos, griegos bizantinos, armenios ortodoxos, protestantes y católicos. Y deseó que San Marcos, el evangelizador de esta tierra, los proteja y ayude a construir y alcanzar la unidad, tan anhelada por Nuestro Señor, subrayando que son un ejemplo para las demás naciones, viviendo juntos en el respeto mutuo.

(CdM – RV)