viernes, 1 de enero de 2016

El Papa Francisco abre la Puerta de la Misericordia en Santa María La Mayor

(RV).- En el primer día del año 2016, el Papa Francisco invocó a la Virgen María, Madre de la Misericordia, después de abrir la Puerta Santa en la Basílica vaticana de Santa María La Mayor.

En su homilía, Francisco resaltó que esta Puerta Santa es “una puerta de la Misericordia” porque “quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre, con plena confianza y sin miedo alguno; y puede recomenzar desde esta Basílica con la certeza de que tendrá a su lado la compañía de María”.

La Madre del Hijo de Dios -explicó el Papa- se hace “peregrina con nosotros para no dejarnos nunca solos en el camino de nuestra vida, sobre todo en los momentos de incertidumbre y de dolor”.

Además, el Obispo de Roma destacó que María es Madre de Dios que perdona, “que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón”. La palabra «perdón» que es “poco comprendida por la mentalidad mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida”.

Por este motivo, -agregó el Pontífice- “para nosotros, María se convierte en un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota no conoce límites. No lo puede detener la ley con sus argucias, ni los saberes de este mundo con sus disquisiciones. El perdón de la Iglesia debe tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus pies. No hay alternativa”.

“La esperanza, la gracia y la santa alegría son hermanas: todas son don de Cristo, es más, son otros nombres suyos, escritos, por así decir, en su carne. El regalo que María nos hace al darnos a Jesucristo es el del perdón que renueva la vida, que le permite cumplir de nuevo la voluntad de Dios, y que la llena de auténtica felicidad. Esta gracia abre el corazón para mirar el futuro con la alegría de quien espera”.

Asimismo, el Papa subrayó que “la fuerza del perdón es el auténtico antídoto contra la tristeza provocada por el rencor y por la venganza. El perdón nos abre a la alegría y a la serenidad porque libera el alma de los pensamientos de muerte, mientras el rencor y la venganza perturban la mente y desgarran el corazón quitándole el reposo y la paz”. 

Al finalizar, el Obispo de Roma invitó a atravesar esta Puerta Santa de la Misericordia “con la certeza de que la Virgen Madre nos acompaña, la Santa Madre de Dios, que intercede por nosotros” y concluyó: “dejémonos acompañar por ella para redescubrir la belleza del encuentro con su Hijo Jesús. Abramos de par en par nuestro corazón a la alegría del perdón, conscientes de ver restituida la esperanza cierta, para hacer de nuestra existencia cotidiana un humilde instrumento del amor de Dios”.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Texto completo de la homilía del Papa Francisco:

Salve, Mater misericordiae!

Con este saludo nos dirigimos a la Virgen María en la Basílica romana dedicada a ella con el título de Madre de Dios. Es el comienzo de un antiguo himno, que cantaremos al final de esta santa Eucaristía, de autor desconocido y que ha llegado hasta nosotros como una oración que brota espontáneamente del corazón de los creyentes: «Dios te salve, Madre de misericordia, Madre de Dios y Madre del perdón, Madre de la esperanza y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría». En estas pocas palabras se sintetiza la fe de generaciones de personas que, con sus ojos fijos en el icono de la Virgen, piden su intercesión y su consuelo.

Hoy más que nunca resulta muy apropiado que invoquemos a la Virgen María, sobre todo como Madre de la Misericordia. La Puerta Santa que hemos abierto es de hecho una puerta de la Misericordia. Quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre, con plena confianza y sin miedo alguno; y puede recomenzar desde esta Basílica con la certeza de que tendrá a su lado la compañía de María. Ella es Madre de la misericordia, porque ha engendrado en su seno el Rostro mismo de la misericordia divina, Jesús, el Emmanuel, el Esperado de todos los pueblos, el «Príncipe de la Paz» (Is 9,5). El Hijo de Dios, que se hizo carne para nuestra salvación, nos ha dado a su Madre, que se hace peregrina con nosotros para no dejarnos nunca solos en el camino de nuestra vida, sobre todo en los momentos de incertidumbre y de dolor.

María es Madre de Dios que perdona, que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón. Esta palabra –«perdón»– tan poco comprendida por la mentalidad mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida. A los pies de la cruz, María vio a su Hijo ofrecerse totalmente a sí mismo y así dar testimonio de lo que significa amar como Dios ama. En aquel momento escuchó a Jesús pronunciar palabras que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En aquel momento, María se convirtió para todos nosotros en Madre del perdón. Ella misma, siguiendo el ejemplo de Jesús y con su gracia, fue capaz de perdonar a los que estaban matando a su Hijo inocente.

Para nosotros, María se convierte en un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota no conoce límites. No lo puede detener la ley con sus argucias, ni los saberes de este mundo con sus disquisiciones. El perdón de la Iglesia debe tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus pies. No hay alternativa. Y por eso el Espíritu Santo ha hecho que los Apóstoles sean instrumentos eficaces de perdón, para que todo lo que nos ha conseguido la muerte de Jesús pueda llegar a todos los hombres, en cualquier momento y lugar (cf. Jn 20,19-23).

El himno mariano, por último, continúa diciendo: «Madre de la esperanza y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría». La esperanza, la gracia y la santa alegría son hermanas: todas son don de Cristo, es más, son otros nombres suyos, escritos, por así decir, en su carne. El regalo que María nos hace al darnos a Jesucristo es el del perdón que renueva la vida, que le permite cumplir de nuevo la voluntad de Dios, y que la llena de auténtica felicidad. Esta gracia abre el corazón para mirar el futuro con la alegría de quien espera. Es la enseñanza que proviene del Salmo: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. […]Devuélveme la alegría de tu salvación» (51, 12.14). La fuerza del perdón es el auténtico antídoto contra la tristeza provocada por el rencor y por la venganza. El perdón nos abre a la alegría y a la serenidad porque libera el alma de los pensamientos de muerte, mientras el rencor y la venganza perturban la mente y desgarran el corazón quitándole el reposo y la paz. 

Atravesemos, por tanto, la Puerta Santa de la Misericordia con la certeza de que la Virgen Madre nos acompaña, la Santa Madre de Dios, que intercede por nosotros. Dejémonos acompañar por ella para redescubrir la belleza del encuentro con su Hijo Jesús. Abramos de par en par nuestro corazón a la alegría del perdón, conscientes de ver restituida la esperanza cierta, para hacer de nuestra existencia cotidiana un humilde instrumento del amor de Dios.

Y con amor de hijos aclamémosla con las mismas palabras pronunciadas por el pueblo de Éfeso, en tiempos del histórico Concilio: «Santa Madre de Dios».  


Mensaje de Navidad de los Obispos de la Patagonia Argentina

(RV).- En esta emisión de Cadena de Amistad, oímos en la voz de Marina Pérez Botel, de Radio Magna 97.9, Emisora de Comodoro Rivadavia, Argentina, el Mensaje Navideño de los Obispos de la Región Patagonia-Comahue


LA MISERICORDIA SE HIZO CARNE      
En el año del Jubileo de la Misericordia

Como todos bien sabemos, Navidad es el inicio y celebración del tiempo nuevo para la historia de los hombres. El nacimiento del Hijo de Dios en Belén transforma y recrea toda la creación con su presencia divina. Este acontecimiento es tan grande, que marcó la historia para siempre, en un antes y un después de su realización. 

En esta Navidad, además, empezamos a caminar, junto con toda la Iglesia, el año santo del Jubileo de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco bajo el lema: “Misericordiosos como el Padre”. Y es precisamente en el nacimiento de Jesús, cuya ‘persona no es otra cosa sino amor…” (Misericordiae Vultus  8), en donde Dios mismo nos manifiesta todo su amor misericordioso, que ilumina de una manera nueva este mundo, tan maravilloso, pero herido por nuestros errores, mezquindades, limitaciones y pecados.

Celebrar la Navidad

Celebrar la Navidad es hacer memoria de este nacimiento, con el que Dios nos “primerea”, no por nuestros logros y merecimientos, sino simplemente porque quiere manifestarnos su cercanía y cariño.

Celebrar la Navidad es hacer memoria que Dios se nos dona gratuitamente y sigue esperando que cada uno lo recibamos libre y confiadamente. No quiere entrar por la fuerza en nuestro corazón. “Estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). Que no nazca en vano depende de nosotros.

Celebrar la Navidad es hacer memoria que, justo en medio de la pobreza de una familia sin hogar ni lugar para dar a luz, Dios está haciendo el milagro de una vida nueva, manifestando su amor en la humildad y no en la omnipotencia. Por lo tanto, celebrar hoy la Navidad es volver a creer que, en la sencillez de cada día, y en las cosas más ordinarias y cotidianas, con escasos medios y aún con todas las pobrezas que suelen sofocarnos, podemos descubrir y acoger la presencia de este Dios-Amor, que hace nueva y distinta la vida humana.

Celebrar la Navidad es hacer memoria y celebrar el amor misericordioso de Dios y por eso dejar de lado la venganza, el resentimiento y la mirada mezquina que da o responde según lo que los demás me hicieron. Es creer en la posibilidad real de nuevas relaciones en la familia y sociedad, aceptando la carga de nuestras propias responsabilidades, y no dejando para los otros la solución de los problemas, ni instalándonos en críticas inútiles y siempre inoperantes. Es vencer el mal a fuerza de bien, con un deseo fuerte de reconciliación, de verdad y de paz, y siempre convencidos que sin misericordia no hay verdadera justicia.

Celebrar la Navidad es hacer memoria y valorar en Cristo toda vida, y por eso aceptar como un regalo de Dios cada vida humana con sus propias peculiaridades y diferencias; es hacer espacio a los demás para que cada uno pueda vivir con plenitud y dignidad. Por lo tanto, celebrar la Navidad será realidad cuando, como Jesús, todos nos acerquemos solidaria y amorosamente hacia aquellos que pasan por diversas miserias, exclusiones y sufrimientos. Y esto, tanto de modo personal como también con acciones comunitarias, buscando la construcción de una Patria de hermanos.

Celebrar la Navidad es hacer memoria y confesar que Dios en Cristo Jesús redime la historia humana penetrando cada situación humana y todos los vínculos sociales. El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. Por lo tanto celebrar hoy la Navidad es optar decididamente por una distribución equitativa de los bienes para que todos vivan en la dignidad de hijos de Dios, superando el asistencialismo por la promoción integral de cada persona, en especial de los más pobres. Es asumir un estilo de desarrollo que garantice que la creación sea hoy y mañana “la casa de todos”. Es recorrer caminos de diálogo participativo para resolver los desafíos de cada día. Es luchar contra la corrupción. 

Con la mirada de la misericordia

Cuando el evangelista nos dice que “La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14) nos está diciendo que Dios llena toda la humanidad y puede recrearla con la fuerza de su presencia. Y que en medio de la fragilidad (en la Biblia, “carne” designa al ser humano no sólo en lo físico, sino principalmente en su condición frágil y limitada) Dios quiere engendrar algo inédito y mejor, a pesar de los pesares.

En Jesús “la misericordia se hizo carne”. Esta “Encarnación de la Misericordia” nos interpela a todos a una conversión profunda y nos invita:

•    a ser “ministros de la Misericordia” allí donde hay un hermano que la marginación segrega, donde la esperanza duerme y la justicia espera. 
•    a ser “portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (Aparecida 30), saliendo del “individualismo consumista” que sólo pide y critica, en lugar de apostar y jugarse por los demás,  fortaleciendo y sanando así los vínculos personales y comunitarios, especialmente en las familias llamadas a ser “escuelas de Misericordia”.
•    a vivir cercanos y compasivos ante “los nuevos fenómenos que afectan a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido de la vida, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social” (CEA Hacia Bicentenario….25). Cercanos y compasivos también ante los que padecen graves carencias afectivas y emocionales, las familias que sufren conflictos, las que están enfrentadas por divisiones, las que han padecido feminicidio, las tantas mujeres víctimas de violencia, la trata de personas, en particular de los menores, los privados de libertad, los pueblos originarios y los migrantes. Este camino nos lleva, guiados por el Espíritu del Señor Jesús, a esperarlo y anhelar recibirlo en el Congreso Eucarístico Nacional a realizarse en Tucumán en junio del 2016. 

Como Pastores nos comprometemos a vivir, acompañar y animar esta presencia tierna, cercana, compasiva y amorosa de Dios en nuestra Iglesia y en la sociedad. Confiamos en la fuerza que nos viene de lo Alto y en María, Reina y Madre de la Misericordia, que vivió siempre con el corazón atento a quienes pasaban por alguna necesidad.
 
Con nuestra bendición les deseamos una ¡Feliz Navidad y un año 2016 lleno de esperanza! 

Virginio D. Bressanelli, scj (Obispo de Neuquén) Fernando Croxatto (Obispo Auxiliar de Comodoro Rivadavia)  Marcelo A. Cuenca (Obispo de Alto Valle del R. N.), Juan José Chaparro, cmf (Obispo de San Carlos de Bariloche) Miguel Ángel D’Annibale (Obispo de Río Gallegos), Joaquín Gimeno Lahoz (Obispo de Comodoro Rivadavia) Esteban M. Laxague, sdb (Obispo de Viedma) José Slaby, c.ss.r. (Obispo de la Prelatura de Esquel), Fernando M. Bargalló (Obispo emérito de Merlo-Moreno), Miguel E. Hesayne (Obispo emérito de Viedma) Marcelo A. Melani, sdb (Obispo emérito de Neuquén) Néstor H. Navarro y José Pedro Pozzi, sdb (Obispos eméritos de Alto Valle del Río Negro).


La paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros, dice el Papa

REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz

Con la imagen de la siembra y el trabajo del cultivo, Francisco habló del tema del paz, por la Jornada mundial de la paz del 1 de enero: “La paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros”. Pero aclaró que esta paz que Dios Padre desea sembrar en el mundo no solo debe ser cultivada, sino también “conquistada”, para referirse a la lucha interior espiritual que hay en cada corazón humano entre la indiferencia y la atención al prójimo.

Reflexionando sobre la Bendición bíblica que la Iglesia lee el 1 de enero, en la solemnidad de Santa María Madre de Dios, Francisco expresó: "La bendición bíblica continúa así: “El Señor te conceda paz” (v. 26). Hoy celebramos la Jornada Mundial de la Paz, que tiene por tema: “Vence la indiferencia y conquista la paz”. La paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros. Pero no sólo, debe ser también “conquistada”. Esto implica una verdadera lucha, una lucha espiritual que tiene lugar en nuestro corazón. Porque enemiga de la paz no es sólo la guerra, sino también la indiferencia, que nos hace pensar sólo en solo en nosotros mismos para crear muros, sospechas, miedos y cerrazones. Estas cosas son enemigas de la paz. … a veces tenemos tantas noticias, que nos distraemos de la realidad, del hermano y de la hermana que necesitan de nosotros. Comencemos a abrir el corazón, despertando la atención hacia el prójimo, a quien es más cercano. Este es el camino para la conquista de la paz. Nos ayude en esto la reina de la Paz, la Madre de Dios, de quien hoy celebramos la solemnidad".


El Papa Francisco agradece las iniciativas en el mundo a favor de la paz

(RV).- “Expreso reconocimiento por las múltiples iniciativas de oración y de acción por la paz organizadas en cada parte del mundo en ocasión de la Jornada Mundial de la Paz de hoy”, dijo el Papa después de la oración mariana del Ángelus.

En esta línea, el Papa  recordó la Marcha nacional que se ha llevado en Molfetta, promovida por la CEI, Caritas, Pax Christi y Acción Católica y la manifestación “Paz en todas las tierras” promovida en Roma y en muchos países por la Comunidad de San Egidio. “Queridos amigos, les animo a llevar hacia adelante su compromiso a favor de la reconciliación y de la concordia”.

Además, saludó a las familias del Movimiento del Amor Familiar, que han velado esta noche en la Plaza de San Pedro, rezando por la paz y la unidad en las familias del mundo entero “Gracias a todos por estas bellas iniciativas y por su oración”, afirmó el Papa.

Asimismo, dirigió un pensamiento especial va a los “Cantantes de la Estrella” – Sternsinger-, niños y jóvenes que en Alemania y Austria que llevan a las casas la bendición de Jesús.

Al finalizar, el Papa ha deseado “un año de paz en la gracia del Señor, rico de misericordia y con la protección maternal de María, la Santa Madre de Dios”.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Texto completo de las palabras del Papa después del rezo del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas,

Deseo agradecer al Presidente de la República Italiana las felicitaciones que me ha dirigido ayer por la tarde en su Mensaje de fin de año, y que devuelvo de corazón.

Expreso reconocimiento por las múltiples iniciativas de oración y de acción por la paz organizadas en cada parte del mundo en ocasión de la Jornada Mundial de la Paz de hoy. Pienso, en particular, a la Marcha nacional que se ha llevado ayer por la tarde en Molfetta, promovida por la CEI, Caritas, Pax Christi y Acción Católica; es hermoso saber que tantas personas, sobre todo jóvenes han elegido este modo para pasar la noche vieja. Saludo con afecto a la manifestación “Paz en todas las tierras” promovida en Roma y en muchos países por la Comunidad de San Egidio. Queridos amigos, les animo a llevar hacia adelante su compromiso a favor de la reconciliación y de la concordia. Y saludo a las familias del Movimiento del Amor Familiar, que han velado esta noche en la Plaza de San Pedro, rezando por la paz y la unidad en las familias del mundo entero. Gracias a todos por estas bellas iniciativas y por su oración.

Dirijo un saludo cordial a todos ustedes, queridos peregrinos aquí presentes. Un pensamiento especial va a los “Cantantes de la Estrella” – Sternsinger-, niños y jóvenes que en Alemania y Austria llevan a las casas la bendición de Jesús y recolectan donaciones para sus compañeros pobres. Saludo a los amigos y a los voluntarios de la Fraterna Domus, el Oratorio de Stezzano y a los fieles de Taranto.

A todos deseo un año de paz en la gracia del Señor, rico de misericordia y con la protección maternal de María, la Santa Madre de Dios. Y no se olviden por la mañana, cuando se despierten recuerden esa parte de la bendición de Dios “hoy el Señor hace resplandecer su rostro sobre mí” todos: “hoy el Señor hace resplandecer su rostro sobre mí”, ¿otra vez? “hoy el Señor hace resplandecer su rostro sobre mí”.

Feliz año, buen almuerzo y por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Hasta la vista!

(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).


El Papa en el Ángelus invoca a la Reina de la Paz abrir nuestro corazón al prójimo

(RV).- Antes de la oración del Ángelus delante de miles de peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro, el Papa Francisco deseo un feliz año y pidió al Señor que nos conceda la paz al celebrar la Jornada Mundial de la Paz.

“Que el Señor ponga su mirada sobre ustedes y que puedan alegrarse, sabiendo que cada día su rostro misericordioso, más brillante que el sol, resplandece sobre ustedes y ¡no se oculta nunca!”, ha dicho el Papa.

Asimismo recordó que se celebra la Jornada Mundial de la Paz, que tiene por tema: “Vence la indiferencia y conquista la paz” y añadió que “la paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros. No sólo, debe ser también “conquistada”. Esto implica una verdadera lucha, una lucha espiritual que tiene lugar en nuestro corazón”.

También, el Papa invitó a “abrir el corazón, despertando la atención hacia el prójimo” y añadió que “este es el camino para la conquista de la paz”.

En esta línea, el Obispo de Roma invocó a la Reina de la Paz, la Madre de Dios, de quien hoy celebramos la solemnidad, quien «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). “Las esperanzas y las preocupaciones, la gratuidad y los problemas: todo aquello que sucedía en la vida se transformaba, en el corazón de María, en oración, diálogo con Dios. He aquí el secreto de la Madre de Dios. Y ella hace así también con nosotros: guarda las alegrías y desata los nudos de nuestra vida, llevándolos al Señor”, afirmó.

Por último, el Papa recordó que esta tarde visitará la Basílica de Santa María La Mayor para la apertura de la Puerta Santa. “Encomendamos a la Madre el año nuevo, para que crezcan la paz y la misericordia”, concluyó.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Texto completo de las palabras del Papa antes del rezo del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz año!

Al inicio del año es hermoso intercambiarse las felicitaciones. Renovamos así, unos a otros, el deseo que aquello que nos espera sea un poco mejor. Es en fondo, un signo de la esperanza que nos anima y nos invita a creer en la vida. Pero sabemos que con el año nuevo no cambiará todo, y que tantos problemas de ayer permanecerán también mañana. Entonces quisiera dirigir un deseo sostenido de una esperanza real, que traigo de la Liturgia de hoy.

Son las palabras con las cuales el Señor mismo pide bendecir su pueblo: «El Señor haga resplandecer para ti su rostro […]. El Señor dirija a ti su rostro» (Nm 6,25-26).  También yo les deseo esto: que el Señor ponga su mirada sobre ustedes y que puedan alegrarse, sabiendo que cada día su rostro misericordioso, más brillante que el sol, resplandece sobre ustedes y ¡no se oculta nunca! Descubrir el rostro de Dios hace nueva la vida. Porque es un Padre enamorado del hombre, que no se cansa nunca de recomenzar del inicio con nosotros para reencontrarnos. El Señor tiene una paciencia con nosotros, no se cansa nunca de recomenzar desde el inicio cada vez que nosotros caemos. Pero no promete cambios mágicos, Él no usa la vara mágica. Ama cambiar la realidad desde dentro, con paciencia y amor; pide entrar en nuestra vida con delicadeza, como la lluvia en la tierra, para llevar fruto. Y siempre nos espera y nos mira con ternura. Cada mañana, al despertar, podemos decir: “Hoy el Señor hace resplandecer su rostro sobre mí”. Hermosa oración que es una realidad.

La bendición bíblica continúa así: «[El Señor] te conceda paz» (v. 26). Hoy celebramos la Jornada Mundial de la Paz, que tiene por tema: “Vence la indiferencia y conquista la paz”. La paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros. No sólo, debe ser también “conquistada”. Esto implica una verdadera lucha, una lucha espiritual que tiene lugar en nuestro corazón. Porque enemiga de la paz no es sólo la guerra, sino también la indiferencia, que hace pensar sólo a sí mismos para crear muros, sospechas, miedos y cerrazones. Estas cosas son enemigas de la paz. Tenemos, gracias a Dios, tantas informaciones; pero a veces estamos tan sumergidos de noticias que nos distraemos de la realidad, del hermano y de la hermana que necesitan de nosotros. Comencemos a abrir el corazón, despertando la atención hacia el prójimo, a quien es más cercano. Este es el camino para la conquista de la paz.

Nos ayude en esto la reina de la Paz, la Madre de Dios, de quien hoy celebramos la solemnidad. El Evangelio de hoy afirma que Ella «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). ¿De qué cosas se trata? Ciertamente de la alegría por el nacimiento de Jesús, pero también de las dificultades que había encontrado: había tenido que colocar a su Hijo en un pesebre porque «para ellos no había lugar en el alojamiento» (v. 7), y el futuro era muy incierto. Las esperanzas y las preocupaciones, la gratuidad y los problemas: todo aquello que sucedía en la vida se transformaba, en el corazón de María, en oración, diálogo con Dios. He aquí el secreto de la Madre de Dios. Y ella hace así también con nosotros: guarda las alegrías y desata los nudos de nuestra vida, llevándolos al Señor.

Esta tarde iré a la Basílica de Santa María La Mayor para la apertura de la Puerta Santa. Encomendamos a la Madre el año nuevo, para que crezcan la paz y la misericordia.

(Traducción Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).


El Papa abrirá la Puerta Santa de la Basílica de Santa María la Mayor

(RV).- Este viernes 1º de enero, Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios y 49ª Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco presidirá la solemne celebración Eucarística, con el rito de apertura de la Puerta Santa de la Misericordia de la Basílica romana de Santa María la Mayor, a las 5 de la tarde.

La Basílica mariana más antigua de la cristiandad, fue construida en el V siglo después que el Concilio de Éfeso proclamará solemnemente la maternidad divina de María. Aquí se conserva el antiguo Icono bizantino de la Virgen María y el Niño Jesús, la llamada “Salus Populi Romani”, la Protectora del pueblo romano.

(Renato Martinez – RV)


“Estamos llamados a vencer la indiferencia que impide la solidaridad”, el Papa al inicio del año

(RV).- “Muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que derrama sobre todo el mundo su misericordia y su paz”, es la oración conclusiva del Papa Francisco en su homilía de la Misa en la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios y 49° Jornada Mundial de la Paz.

«La plenitud de los tiempos» (Gal 4,4)

Comentando el pasaje bíblico de la Carta de San Pablo Apóstol a los Gálatas, el Santo Padre se preguntó: “¿Qué significa el que Jesús nazca en la «plenitud de los tiempos»?”. Si nos fijamos únicamente en el momento histórico, precisó el Pontífice, podemos quedarnos defraudados, ya que para los contemporáneos de Jesús, ese tiempo no era en modo alguno el mejor momento. La plenitud de los tiempos – dijo el Papa – no se define desde una perspectiva geopolítica.

La plenitud de los tiempo es entendida e interpretada desde el punto de vista de Dios, afirmó el Obispo de Roma, por ello, la plenitud de los tiempos tiene lugar en el momento en el que Dios establece que ha llegado la hora de cumplir la promesa que había hecho. Ya que como escribe el autor de la Carta a los Hebreos: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo…» (1,1-3).

La dramática experiencia histórica

“Sin embargo, el Sucesor de Pedro evidenció que, este misterio contrasta siempre con la dramática experiencia histórica. Cada día, aunque deseamos vernos sostenidos por los signos de la presencia de Dios, nos encontramos con signos opuestos, negativos, que nos hacen creer que está ausente. La plenitud de los tiempos parece desmoronarse ante la multitud de formas de injusticia y de violencia que hieren cada día a la humanidad”.

Observando la dramática realidad hodierna y el creciente rió de miseria, alimentado por el pecado, el Papa Francisco se preguntó: ¿Cómo es posible que perdure la opresión del hombre contra el hombre, que la arrogancia del más fuerte continúe humillando al más débil, arrinconándolo en los márgenes más miserables de nuestro mundo? ¿Hasta cuándo la maldad humana seguirá sembrando la tierra de violencia y odio, que provocan tantas víctimas inocentes? ¿Cómo puede ser este un tiempo de plenitud, si ante nuestros ojos muchos hombres, mujeres y niños siguen huyendo de la guerra, del hambre, de la persecución, dispuestos a arriesgar su vida con tal de que se respeten sus derechos fundamentales?

El océano de la Misericordia

“Y, sin embargo, dijo el Santo Padre, este río en crecida nada puede contra el océano de misericordia que inunda nuestro mundo. Todos estamos llamados a sumergirnos en este océano, para dejarnos regenerar para vencer la indiferencia que impide la solidaridad y salir de la falsa neutralidad que obstaculiza el compartir. La gracia de Cristo, agregó el Pontífice, que lleva a su cumplimiento la esperanza de la salvación, nos empuja a cooperar con Él en la construcción de un mundo más justo y fraterno, en el que todas las personas y todas las criaturas puedan vivir en paz, en la armonía de la creación originaria de Dios”.

María, Sede de la Sabiduría

“Al comienzo de un nuevo año, la Iglesia nos hace contemplar la Maternidad de María como icono de la paz. A través de ella, a través de su «sí», puntualizó el Obispo de Roma, ha llegado la plenitud de los tiempos. Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza, para captar el sentido de los acontecimientos que nos afectan a nosotros, a nuestras familias, a nuestros países y al mundo entero. Donde no puede llegar la razón de los filósofos ni los acuerdos de la política, dijo el Pontífice, llega la fuerza de la fe que lleva la gracia del Evangelio de Cristo, y que siempre es capaz de abrir nuevos caminos a la razón y a los acuerdos”.

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco invocó a la Santísima Virgen María, la Madre de Dios. “Bienaventurada eres tú, María, dijo el Papa, porque has dado al mundo al Hijo de Dios; pero todavía más dichosa por haber creído en él. Derrama sobre nosotros tu bendición en este día consagrado a ti; muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que derrama sobre todo el mundo su misericordia y su paz”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)