miércoles, 1 de junio de 2016

UMOFC: Un minuto por la paz, todos juntos con el Papa Francisco

«Mujeres semilla de esperanza»

(RV).- María Lía Zervino, Servidora y Secretaria General de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas, dedica este espacio a la oración por la paz – «en ámbito internacional, cada uno según su propia fe y tradición» – el 8 de junio de 2016, en el aniversario de la oración en los Jardines Vaticanos,  a la que el Papa Francisco invitó a los presidentes israelí y palestino para invocar la paz en Tierra Santa, en Medio Oriente y en todo el mundo, que tuvo lugar el 8 de junio de 2014.

«Este encuentro nuestro para invocar la paz en Tierra Santa, en Medio Oriente y en todo el mundo – dijo el Obispo de Roma ese día – está acompañado por la oración de tantas personas, de diferentes culturas, naciones, lenguas y religiones: personas que han rezado por este encuentro y que ahora están unidos a nosotros en la misma invocación. Es un encuentro que responde al deseo ardiente de cuantos anhelan la paz, y sueñan con un mundo donde hombres y mujeres puedan vivir como hermanos y no como adversarios o enemigos».

(CdM – RV)


Corazón de Jesús, Jubileo de los sacerdotes, oración humilde como María, alienta el Papa a peregrinos del mundo

(RV).- En la audiencia general del primer día del mes en el que la Iglesia Universal le reza en especial al Corazón de Jesús,  el Papa Francisco alentó a los numerosos peregrinos de tantas partes del mundo, en la Plaza de San Pedro, a la oración humilde, para obtener misericordia. Y recordó la celebración de la víspera, de la Visitación de la Virgen María a su prima Isabel, rogando la «ayuda de la Madre de Dios y Madre nuestra para rezar con corazón humilde». Para luego renovar su anhelo de que el Jubileo de la Misericordia sea para todos un tiempo de gracia y de renovación espiritual, invocando la alegría y la paz del Señor Jesús.

Con su cordial bienvenida a los peregrinos polacos, el Papa Francisco se unió a los jóvenes reunidos en el denominado «Santuario del Bautismo» de Polonia:

«Hoy, de forma especial, me uno a los jóvenes que, como cada año, se reúnen en Lednica. Queridos amigos, ustedes desean decir juntos en voz alta, cantar y bailar su  ‘Amén’. Ésta es su confirmación de su personal acto de entrega a Cristo, que sus antepasados acogieron con el Bautismo hace 1050 años. Siguiendo el ejemplo de María, cuya vida estuvo totalmente permeada por la gloria de Dios, en el Espíritu Santo repitan cada día su ‘amén’ – ‘así sea’. Que el recuerdo del Padre Jan, iniciador de sus encuentros, que ya está ante el Señor, los inspire por los caminos de la fe. Los bendigo de corazón a ustedes y a sus Pastores ¡Alabado sea Jesucristo!»

Tras invitar a todos a perseverar en el compromiso personal con humildad, difundiendo la misericordia y la consolación cristiana, con especial atención a los más necesitados, en el Jubileo de la Misericordia, la ferviente oración al Corazón de Jesús por los sacerdotes, en la exhortación del Papa:

«El viernes es la Solemnidad del Sagradísimo Corazón de Jesús, enriquecida este año con el Jubileo de los sacerdotes. Invito a todos a rezar durante todo el mes de junio al Corazón de Jesús y a sostener con cercanía y afecto a sus sacerdotes, para que sean siempre imagen de ese Corazón lleno de amor misericordioso».

No podía faltar el Corazón de Jesús en las palabras del Santo Padre a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados:

«Queridos jóvenes, tomen del Corazón de Jesús el alimento de su vida espiritual y manantial de su esperanza. Queridos enfermos, ofrezcan su sufrimiento al Señor, para que siga extendiendo su amor en el corazón de los hombres. Queridos recién casados, acérquense a menudo a la Eucaristía, para que, nutridos con Cristo, sean familias cristianas tocadas por el amor de aquel Corazón divino».

El Papa saludó asimismo a los participantes en el curso promovido por la Congregación para las Causas de los Santos:

«Queridos hermanos y hermanas, los exhorto a obrar para que las causas de beatificación y canonización impulsen, en las diócesis y en los institutos religiosos, el entusiasmo de la fe y un nuevo florecimiento en el compromiso para la propia misión y santificación».

(CdM – RV)


No basta preguntarnos cuánto rezamos, sino cómo está nuestro corazón. Catequesis del Papa

(RV).- La parábola del fariseo y el publicano que suben al templo a orar, fue el punto de partida del Papa Francisco para seguir explicando, en la catequesis del primer miércoles de junio, cómo Jesús ha llevado la misericordia hasta su pleno cumplimiento. Después de haberse referido, en la catequesis precedente, a la parábola del juez y de la viuda, que habla de la necesidad de rezar con perseverancia, el Obispo de Roma habló sobre la justa actitud, enseñada por Jesús, para rezar e invocar la misericordia del Padre.  “¿Se puede rezar con arrogancia?” Preguntó Francisco a los fieles presentes en la plaza de san Pedro. “¿Se puede rezar con hipocresía?” “¡No!” Porque “la soberbia compromete cada buena acción, vacía la oración y aleja de Dios y de los demás”. 

Así resumió en nuestro idioma: "Queridos hermanos y hermanas: En la parábola del fariseo y el publicano, que suben al templo para orar, Jesús nos enseña la actitud correcta para invocar la misericordia del Padre. El fariseo hace una oración de agradecimiento en la que se complace de sí mismo por el cumplimiento de la ley, se siente irreprensible y desprecia a los demás. Su soberbia compromete toda obra buena, vacía la oración, y lo aleja de Dios y del prójimo. Nosotros hoy, más que preguntarnos cuánto rezamos, podemos preguntarnos cómo lo hacemos, o mejor cómo es nuestro corazón para valorar los pensamientos y sentimientos, y eliminar toda arrogancia. El publicano ora con humildad, arrepentido de sus pecados, mendiga la misericordia de Dios. Nos recuerda la condición necesaria para recibir el perdón del Señor y se convierte en imagen del verdadero creyente. La oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la oración humilde obtiene su misericordia".

Francisco señaló además, en su catequesis impartida en italiano, aquello que Jesús enseña con esta parábola, es decir, que se es justos o pecadores, no según la propia pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y con los hermanos. “Los gestos de penitencia y las pocas palabras simples del publicano dan testimonio de su conciencia acerca de su mísera condición”, afirmó el pontífice. También habló de la sentencia con la que Jesús, concluye la parábola: «Les aseguro – que el publicano, a diferencia del fariseo- volvió a su casa justificado… Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Finalmente la oración del Sucesor de Pedro a la Santísima Virgen María: “Que la Virgen María, nuestra Madre, que proclama en el Magnificat la misericordia del Señor, nos ayude a orar siempre con un corazón semejante al suyo”.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano) 


“La humildad es la condición necesaria para ser escuchados por Dios”, el Papa en la Catequesis

(RV).- “Si Dios prefiere la humildad no es para desanimarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser ensalzados por Él, así poder experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del primer miércoles de junio, donde meditó sobre la actitud de la oración humilde que obtiene la misericordia.

Continuando su ciclo de catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura, el Obispo de Roma propuso la parábola del fariseo y del publicano, con la cual “Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud justa para orar e invocar la misericordia del Padre.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado hemos escuchado la parábola del juez y la viuda, sobre la necesidad de orar con perseverancia. Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud justa para orar e invocar la misericordia del Padre: cómo se debe orar. Una actitud justa para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (Cfr. Lc 19,9-14).

Ambos protagonistas suben al templo a orar, pero actúan de modos muy diferentes, obteniendo resultados opuestos. El fariseo ora «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. La suya, si, es una oración de agradecimiento dirigida a Dios, pero en realidad es un alarde de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», calificándolos como «ladrones, injustos y adúlteros», como, por ejemplo – y señala a aquel otro que estaba ahí – «como ese publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: aquel fariseo ora a Dios, pero en verdad mira a sí mismo. ¡Ora a si mismo! En vez de tener delante a sus ojos al Señor, tiene un espejo. A pesar de encontrarse en el templo, no siente la necesidad de postrarse delante de la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, ¡casi fuera él, el dueño del templo! Él enumera las buenas obras cumplidas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga la “decima” parte de todo aquello que posee. En conclusión, más que orar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Y además, su actitud y sus palabras están lejos del modo de actuar y de hablar de Dios, quien ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Éste desprecia a los pecadores, también cuando señala al otro que está ahí. Aquel fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.

No basta pues preguntarnos cuánto oramos, debemos también examinarnos cómo oramos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar la arrogancia y la hipocresía. Pero, yo pregunto: ¿se puede orar con arrogancia? No. ¿Se puede orara con hipocresía? No. Solamente, debemos orar ante Dios como nosotros somos. Pero éste oraba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos metidos en la agitación del ritmo cotidiano, muchas veces a merced de sensaciones, desorientadas, confusas. Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí que Dios nos encuentra y nos habla. Solamente a partir de ahí podemos nosotros encontrar a los demás y hablar con ellos. El fariseo se ha encaminado hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber perdido el camino de su corazón.

El publicano en cambio se presenta en el templo con ánimo humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es breve, no es tan larga como aquella del fariseo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Nada más. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. Bella oración, ¿eh? Podemos decirla tres veces, todos juntos. Digámosla: “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. De hecho, los cobradores de impuestos – llamados justamente, publicanos – eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y generalmente asociados a los “pecadores”. La parábola enseña que se es justo o pecador no por la propia pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y simples palabras del publicano testimonian su conciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial. Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello, ¿eh? Mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final justamente él, despreciado así, se convierte en icono del verdadero creyente.

Jesús concluye la parábola con una sentencia: «Les aseguro que este último – es decir, el publicano – volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (v. 14). De estos dos, ¿Quién es el corrupto? El fariseo. El fariseo es justamente el icono del corrupto que finge orar, pero solamente logra vanagloriarse de sí mismo delante de un espejo. Es un corrupto pero finge orar. Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y los desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja a Dios y a los demás. Si Dios prefiere la humildad no es para desanimarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser ensalzados por Él, así poder experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la humildad del miserable lo abre. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los hombres. Delante a un corazón humilde, Dios abre su corazón totalmente. Es esta humildad que la Virgen María expresa en el cantico del Magníficat: «Ha mirado la humillación de su esclava. […] Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen» (Lc 1,48.50). Que Ella nos ayude, nuestra Madre, a orar con un corazón humilde. Y nosotros, repitamos tres veces más, aquella bella oración: “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


«La oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios». Resumen de la catequesis del Papa en español

(RV).- «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano […] En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador! Les aseguro que este último volvió a sus casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».(Lc 18, 10-11.13-14)

A partir de este pasaje de la biblia, el Papa Francisco reflexionó en su catequesis del miércoles 1 de junio para explicar cómo Jesús, nos enseña a rezar e invocar la misericordia del Padre. A continuación, el resumen de la catequesis pronunciado en español:

"Queridos hermanos y hermanas:

En la parábola del fariseo y el publicano, que suben al templo para orar, Jesús nos enseña la actitud correcta para invocar la misericordia del Padre.

El fariseo hace una oración de agradecimiento en la que se complace de sí mismo por el cumplimiento de la ley, se siente irreprensible y desprecia a los demás. Su soberbia compromete toda obra buena, vacía la oración, y lo aleja de Dios y del prójimo.

Nosotros hoy, más que preguntarnos cuánto rezamos, podemos preguntarnos cómo lo hacemos, o mejor cómo es nuestro corazón para valorar los pensamientos y sentimientos, y eliminar toda arrogancia.

El publicano ora con humildad, arrepentido de sus pecados, mendiga la misericordia de Dios. Nos recuerda la condición necesaria para recibir el perdón del Señor y se convierte en imagen del verdadero creyente.

La oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la oración humilde obtiene su misericordia.

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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que la Virgen María, nuestra Madre, que proclama en el Magnificat la misericordia del Señor, nos ayude a orar siempre con un corazón semejante al suyo".

(GM – RV)

 


Catequesis del Papa: La oración humilde obtiene Misericordia

(RV).- Ante la presencia de miles de fieles y peregrinos de numerosos países, el Santo Padre Francisco celebró el primer miércoles de junio su tradicional audiencia semanal durante la cual prosiguió con su serie de catequesis sobre la Misericordia en el Nuevo Testamento.

En esta ocasión, el Papa se refirió a la oración como fuente de Misericordia, a partir de la parábola del fariseo y el publicano que suben al templo para orar, tal como se lee en un pasaje del Evangelio de San Lucas mediante el cual Jesús nos enseña la actitud justa para rezar.

El Obispo de Roma explicó que ambos protagonistas actúan de modo diferente y obtienen resultados opuestos. Por esta razón – dijo Francisco – no basta preguntarnos cuánto rezamos, sino cómo rezamos, es decir, cómo es nuestro corazón para evaluar los pensamientos y sentimientos y extirpar la arrogancia y la hipocresía.

Más allá del frenesí del ritmo cotidiano – afirmó el Pontífice –  debemos volver  encontrar el camino que conduce a nuestro corazón para recuperar el valor de la intimidad y el silencio, donde Dios nos encuentra y nos habla. Sólo a partir de allí – añadió – seremos capaces de encontrar a los demás y hablar con ellos, no como el fariseo de la parábola que se había encaminado seguro de sí mismo hacia el templo, sin darse cuenta de que había perdido el camino de su corazón. Mientras el publicano, en cambio, se presenta en el templo con ánimo humilde y arrepentido, hasta el punto de que ni siquiera osaba levantar su mirada al cielo, sino que se golpeaba el pecho, pidiendo a Dios que tuviera piedad de él, porque se reconocía pecador.

Francisco reafirmó que la parábola enseña que somos justos o pecadores no por nuestra pertenencia social, sino por el modo de relacionarnos con Dios y con los hermanos. De hecho los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian que tiene conciencia acerca de su condición miserable.

El Santo Padre concluyó destacando la sentencia de Jesús a propósito de este relato: “Les aseguro que este último – es decir el publicano – volvió a sus casa justificado”, a diferencia del fariseo, porque “todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).


La oración humilde obtiene la misericordia de Dios

(RV).- La parábola del fariseo y el publicano ha sido el centro de la catequesis del Papa Francisco en su primera audiencia general del mes de junio.

En esta parábola, explicó el Obispo de Roma, “Jesús nos enseña la actitud correcta para invocar la misericordia del Padre” que es la oración humilde del publicano que “nos recuerda la condición necesaria para recibir el perdón del Señor y se convierte en imagen del verdadero creyente”.

Acerca del pasaje bíblico, el Pontífice explicó que el fariseo “hace una oración de agradecimiento en la que se complace de sí mismo por el cumplimiento de la ley, se siente irreprensible y desprecia a los demás” en cambio el publicano reza con humildad “arrepentido de sus pecados, mendiga la misericordia de Dios”.

En esta línea, el Papa animó a preguntarnos “cuánto rezamos”, “cómo lo hacemos, o mejor cómo es nuestro corazón para valorar los pensamientos y sentimientos, y eliminar toda arrogancia”.

Al finalizar, invocó a la Virgen María, nuestra Madre “que proclama en el Magnificat la misericordia del Señor, para que nos ayude a orar siempre con un corazón semejante al suyo”.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).